Mientras a la élite internacional del arte contemporáneo no se le ha ocurrido cosa mejor y más oportuna que programar una lectura continua de El Capital de Marx en las naves venecianas, Banksy ha revolucionado los medios de comunicación de todo el mundo con su desconcertante parque distópico. Según sus propias palabras se trata de "un parque temático no apto para niños" y sí para "anarquistas principiantes" que recoge una colección de obras imaginativas y disparatadas que pretenden poner al revés el idílico mundo de Disney. La broma ha despertado la curiosidad del gran público y ha hecho que las entradas hayan superado el precio de 1.300 euros en la reventa, lo cual lo ha hecho considerablemente difícil de visitar.
No es nueva la teorización sobre los puntos en común existentes entre los parques temáticos de entretenimiento y las bienales artísticas o los museos de arte contemporáneo. El paseo por distintas ambientaciones con un tiempo determinado para cada una, unos pocos minutos, y el impacto estético basado en luz, gran escala, color, sonido y movimiento, se han convertido en la metodología expositiva preferida. A consecuencia de su éxito la tematización ha llevado al terreno del espectáculo a los grandes eventos culturales orillando toda aquella iniciativa que no pudiera ser incorporada a su mecánica. Dismaland acepta por completo su naturaleza de espectáculo y reúne una serie de piezas en torno a lo opuesto a Disney que presenta siempre la belleza, la fantasía, la felicidad y el triunfo de la bondad. Dismaland tematiza lo feo, lo doloroso, lo depresivo, lo roto con una sencilla técnica de inversión y en su recinto es válido para ser presentado sólo lo peor.

El fallo y el acierto de Dismaland es que la literalidad de sus antagonías funciona perfectamente en el entorno pop del mundo del capitalismo avanzado. Ninguno de los temas que Banksy selecciona para su parque temático nos resultan nuevos, ni siquiera poco familiares porque son extraídos directamente de las noticias y del debate público en torno a la emigración, el maltrato animal, la pobreza, o cualesquiera puntos de la actualidad por los que toma partido. Estos ni siquiera tienen un déficit de visibilidad en el mundo contemporáneo sino al revés, son temas que tienen colonizada la iconosfera y los medios de comunicación, su traslado al contexto artístico sobre el cuerpo de símbolos tan populares se produce con tal fluidez que todo su potencial crítico queda enseguida neutralizado.
No hace falta ser un anarquista principiante para ser de los de Banksy, sus cuentos de hadas rotos son una parte de la retórica espectacular en la que todo navega con la misma corriente aunque haya cambiado a todos esos objetos de categoría.
En términos políticos el parque de Banksy será seguramente inefectivo porque no hará que cambie nada y en términos artísticos no inaugura una temática que no estuviera ya puesta en el tablero al menos desde Caravaggio, ni una técnica que no sea la ya vieja de Duchamp y los suyos. Asistiremos, qué duda cabe, a una demostración más del poderoso músculo de la sociedad del espectáculo, capaz de alimentarse de todo, e incluso con mayor aprovechamiento de aquello que la pretende cuestionar.
Tendremos que esperar a ver cuál es el fin de esas obras del solar de Banksy, si no acaban en las salas de subastas, en las colecciones de los museos de arte contemporáneo o en los salones de los coleccionistas, que las codiciarán como aquellos que reunían pinturas de deformidades anatómicas. Sólo el fuego las salvaría y, tal vez, ni eso.
En su conjunto el parque de Banksy tiene el mérito de tematizar más que una crítica al mundo actual un estado de ánimo, una especie de depresión pop de los tiempos en clave postadolescente.
