Llegamos a la alta majada de Babia donde pastaba uno de aquellos rebaños de un conde, marqués o algo así cuyo dueño, y pastor, era más ingeniero que conde, pero también había dejado su trabajo fijo y era más pastor y trashumante que ingeniero y funcionario.
Sentado sobre una piedra acariciaba y hablaba –no es una metáfora, hablaba– con un mastín , al que le quitaba las carrancas para que descansara.
– Lo que has hecho Luna, defendiendo el rebaño durante toda la noche, se lo vi hacer a tu padre; y mi padre se lo vio hacer al padre de tu padre; y lo hará tu hija que ya está aprendiendo el oficio y lo habéis hecho toda la vida... Descansa.
La mastina parecía muerta. Aquel hombre, extremeño él y que siempre llamaba al perro mastín leonés, nos contó cómo estuvo escuchando toda la noche a los mastines defendiendo al rebaño ante una manada de lobos que no desistían de su oficio de atacar, sin éxito pues repetía una frase de pastor antiguo: «Donde hay mastín... no hay festín». Luna descansaba, «estará pensando que igual vuelven esta noche».
Pasan unos excursionistas a los que ofrece un café, han subido más veces a la majada, se conocen. Los chavales despiertan a Luna, juegan con ella, se suben a su lomo, le hacen mil perrerías sin que ella ni se inmute.
– ¿No parece la misma que pasó la noche luchando con la manada?
– Pues claro. Son las dos almas de Luna y de todos los mastines leoneses, la cara amiga y la que enseña los dientes, la que aguanta a los niños a su lomo y la que ladra como brama el mar en medio de las tormentas.
Mira al de la foto y ni te imaginas lo que puede llegar a cambiar si escucha aullar en las sombras.
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