El sendero artístico que hoy comenzamos de la mano de Esther Calzado (Hospital de Orbigo, 1968) es un sendero poco habitual pues los caminos de la moda muy pocas veces suelen considerarse un arte salvo –y solo en ciertos casos- si están unidos al mundo de la producción cinematográfica o incluso teatral. Pero Esther no tiene duda alguna al considerarlo como tal y quienes conocen de primera mano su obra seguramente tampoco la tienen. Para ella la moda, tal como la entiende, no solo es arte sino un canal de comunicación con un código propio que le permite ejercitar su creatividad, es «mi espacio de libertad y de locura, me deja desconectar y explorar mis posibilidades, retarme y encontrarme, ir un paso más allá», dice; por eso hace tiempo que abandonó la moda comercial en aras de la creación de vestuario para musicales, espectáculos de danza, poéticos, teatrales, e incluso propuestas denuncia como la colección por la igualdad de género que inició en 2015 y en la que hoy sigue trabajando bajo la denominación de ‘Eje de abscisas, reflexiones plásticas sobre el punto de origen de las violencias machistas’, propuestas todas ellas con las que se siente como pez en el agua.

A Esther Calzado no le duelen prendas a la hora de reconocer esta circunstancia y es que se ha acostumbrado a expresar lo que siente sin cortapisas, porque el arte está también para eso, algo que ha aprendido tras recorrer un largo camino marcado por la realidad social y su compromiso social después de «haber tragado experiencias y bebido machismo, acosos varios y mucha impotencia».
Influida por Alexander Mcqueen, Vivienne Weswood, Iris van Herpen en el panorama internacional y por Balenciaga y Jesús del Pozo en el nacional (nómina esta última en la que lamenta no haya ninguna mujer), de su relación con la moda siente «no haber sabido o podido vivir de ella y hacer sostenible esta necesidad de inventar y de vivir en un mundo paralelo» porque dice «ni sé vender, ni sé venderme».
Para finalizar esta breve semblanza de una creadora a la que no conviene perder de vista, concluiré diciendo que, humilde en todos los sentidos, esta mujer activa, inquieta y soñadora, se considera una esteta en permanente búsqueda de la belleza que tanto la seduce, una belleza capaz de transformar un mundo en el que se siente apenas una aprendiz, una artesana más que una artista, porque el arte se escribe con letras mayúsculas. Actualmente se encuentra inmersa en un proyecto en el que lleva trabajando varios años, una colección de camisetas y vestidos con textos de poetas que la han acompañado en algún momento de su vida y fotografías de Peio García, y que ha titulado ‘Poemisetas, versos vestidos’, diseños que esperamos poder disfrutar muy pronto. De momento nos deja su obra en la exposición ‘Concha Espina, inspiración de artistas’, toda una reflexión sobre la situación de la mujer en la época que a la escritora le tocó vivir, trasladada a la tela. Imperdible.