
Ya se sabe que el esperado y vibrante Ribera contra Montaña es una cita en la que esperas casi cinco horas para ver qué himno suena, el del vencedor. Desde 2014 viene sonando el Viva la Montaña.
Y vaya por delante que este sábado, en Puebla de Lillo, volvió a sonar el ¡Viva la Montaña!, lo volvieron a cantar a coro los luchadores y aficionados montañeses; pero, dicho sea de paso, ya lo habían cantado varias veces durante la tarde, cuando las ventajas ya parecían claras y definitivas. Pero todo cambió, llegaron las dudas, se difuminaron las ventajas cuando un veterano ilustre y ejemplar les metió el miedo en el cuerpo.
Fue Abel Isaí Cabero, Caberín de Valdearcos, veterano con raza, que se reinventaba en cada combate. Tuvo que salir al corro como último luchador de la Ribera contra un luchador todavía de semipesados de la Montaña, Rubo Fierro, que venía de derrotar a Liquete y a los otros tres luchadores de pesados. En resumen, quedaba un luchador de la Ribera (Caberín) y cinco de la Montaña, el citado Rubo y los cuatro de pesados.
Rubo le plantó cara a Caberín, pero el de Valdearcos, con temple, esperó su momento y lo encontró.
Después la Montaña con sus cuatro luchadores, tácticas de este día y este corro, jugó con sus luchadores una doble carta, de un lado los montañeses podían buscar la victoria pero, de cualquier manera, debían alargar los combates para ir agotando las pilas de Abel Isaí. Lo hizo el joven Jorge Rodríguez, lo hizo el potente Morín II y lo hizo Unai del Campo. Había curiosidades para todos. Curiosamente la última vez que la Ribera ganó este enfrentamiento (en 2013) fue con una final entre Caberín y Morín I, es decir, el padre de Morín, Roberto Andrés Moro. Y su hijo no pudo vengar aquella derrota, pero sí sumó cansancio en las piernas y brazos de Caberín.
La Ribera aguantó a base de ‘tirones’ de luchadores que ganaron a 23 rivales entre dos luchadores
El siguiente en saltar por la Montaña fue Unai del Campo, que luchaba en casa. Está claro que muy motivado. Algunos aficionados ya regalaban el titular: “El Gallo para el Porto; y el Potro para la Montaña”. (El Potro es el apodo de Unai).
Unai salió con mucha fuerza. Buscó su garabito, su tranque, pero Caberín estaba muy prevenido y aguantó los furiosos ataques de Unai hasta que encontró su momento a la contra.
Pero se le iban agotando las pilas. Su equipo pidió los tiempos muertos a los que tenía derecho, él buscaba visitas al médico, mitad ‘truco’ mitad necesarias pues se iba quedando sin aire, cuando se acercaba al rincón de los sanitarios sus compañeros le daban aire con sombreros, toallas… pero Abel avisaba que estaba al borde del agotamiento. Como unos minutos antes le había ocurrido a Víctor J. El Canario, que pasó un buen rato bajo la atenta mirada del médico después de otros agónicos combates con Moisés La Roca, Guiller González y Alberto del Cojo antes de caer con las pilas agotadas ante Rubo.
Nuevamente a la Montaña le quedaban cinco luchadores para medirse a uno, Abel Isaí Cabero
Ya dejamos a Caberín ante el combate definitivo, uno contra uno, cara a cara con un Pedro Alvarado que le esperaba en el centro del corro con gesto serio mientras Abel agradecía el aire de sombreros, toallas y todo tipo de abanico improvisado.
Era la hora de la verdad. Le costó trabajo a Caberín hasta levantarse. Pedro sonreía como hace siempre y después decía que estaba seguro de su victoria, pero en la grada ya no lo tenían tan claro, aunque los evidentes signos de agotamiento del de Valdearcos no presagiaban nada bueno. Se abrazaron antes de iniciar la batalla final. Ocurrió lo que los de la Montaña soñaban y los de la Ribera temían. Aguantó Abel lo que pudo, Pedro no sacó el Kamikaze que lleva dentro y esperó su momento, que llegó. Y después, como un gran deportista, Caberín sacó fuerzas de donde ya no las tenía para levantar al gallo del corro, su gan rival, Pedro Alvarado, como vencedor. Pedro también quiso reconocer su magnífica defensa, le levantó a él y le mantuvo un buen rato en el aire, para que recibiera su merecido aplauso.
A Caberín le daban aire con lo que podían mientras Pedro Alvarado esperaba en el centro
Entonces fue cuando ‘la marabunta’ de la Montaña se abalanzó sobre ellos. Caberín quedó atrapado entre todas las camisetas verdes de la Montaña y buscaba cómo salir. La imagen bien podía ser una metáfora, Caberín merecía estar entre los que cantaban el himno de la victoria. Curiosamente es un día para hablar también de los perdedores, si perdedor se puede llamar a quien vende tan cara la derrota como lo hizo él. .
La verdad es que la Ribera había ido toda la tarde a remolque. La Montaña logró ventajas desde el inicio, tuvo más de diez puntos que recortaron en buena parte dos chavales de la base, uno de ellos, Yorel, derrotó a 13 rivales, no solo acercó a los suyos sino que se llevó el mazapán del que más rivales tiró. Otros diez logró derribar Raynold Echemendía, el fuerte luchador de origen cubano que se mostraba emocionado.
Después hubo gestos. Raza en gente como Liquete o Víctor J. que acercaron a los suyos y, sobre todo, encendieron a la grada con gestos para que volviera a creer. Rubo puso a la Montaña en el buen camino y en resto ya está contado, fue ese final que cada año propicia un himno. Nuevamente el de la Montaña, como en los últimos 11 años.
Mientras acabo de escribir los de la Montaña siguen cantando su himno. Una vieja historia. Los de la Ribera se consuelan con que volvieron a estar muy cerca....
Pero de uys!!! ya no se vive. Y Caberín no es eterno, aunque a veces sí lo parece.
Este sábado mismo, por ejemplo.