Ella no lo sabe aún, pero toda la libertad es suya (…)»
(De ‘Este empeño de vivir’. A. Paniagua. Escritora)
A pesar del confinamiento al que esta pandemia sanitaria nos tiene sometidos, la vida sigue y desde aquí continuamos camino por el mundo del arte del que son protagonistas nuestras mujeres. Nos volvemos a los senderos poéticos al lado de Amparo Paniagua (León, 1967) y de sus versos, de los que hemos escogido para comenzar y concluir este artículo algunos que se adaptan muy bien a los duros momentos que vivimos, como un soplo de esperanza. Amparo Paniagua es una leonesa que a pesar de llevar años residiendo en tierras vallisoletanas (ya saben, nunca imaginamos dónde nos va a llevar la vida) siempre tiene presente su origen, y así lo plasman las entradas que en las redes podemos encontrar sobre ella, aunque no fuera hasta hace poco más de un año que recitara sus versos, por mi primera vez, «en casa»; precisamente en 2018, dentro de los encuentros de ‘L’ékole poétique’. Autora hasta el momento de seis libros publicados, uno de ellos de cuentos y microrrelatos, podríamos decir que el mundo literario en el que más cómodamente se mueve es en el poético, aunque habiendo conseguido algunos premios en él, curiosamente siempre le han llegado desde la narrativa; al menos hasta el momento.
Si bien cuenta que comenzó a leer y a escribir muy pronto – «Mi padre me enseñó lo primero y mi madre a juntar las letras»– se considera una autora tardía en lo que al momento de compartir públicamente sus textos se refiere, un momento que, «casual o causalmente», le llegó en torno a los treinta años, entre una «sobredosis de pudor y adrenalina» al mismo tiempo, que la llevó «de (la) zozobra a (la) satisfacción plena»; un momento para «compartir mi desnudez con otros que, a su vez, se desnudan ante mí».

Además de en sus cinco poemarios la obra de A. Paniagua se recoge en diversas antologías, una poesía que está llena de fuerza y vitalidad, al tiempo que se deja sentir en ella un cierto desasosiego que no impide su intento de alejar los pesares mientras busca horizontes abiertos más allá de la resignación. El amor y el desamor, sentimientos que «presiden (…) el trayecto vital de las personas», haciéndolas descaradamente humanas; «la identidad, el triunfo sobre la enfermedad, el paso del tiempo, el primer placer del día, la vida contemplativa, la necesidad del otro como reafirmación personal, la pérdida de la juventud contra la que nadie puede hacer nada, la soledad …»; la belleza como actitud ante la vida a la que debe aspirar la poesía, son temas que se hacen presentes a lo largo de su obra, especialmente en sus dos últimos poemarios publicados.
Y así en ‘Dónde reside la herida’ (2016) convierte dicha herida en un «proceso abierto», en el que lo que está siendo, lo que está pendiente en esa sensación incompleta de lo que es la vida, se derrama –a través de la palabra en la que tan fehacientemente cree– en una búsqueda constante de la propia serenidad, donde la complicidad de quien lee se hace, de alguna manera indispensable.
Y de la herida abierta al ansia de vida a través de ‘Este empeño de vivir’ (2017), su por el momento último poemario, donde la búsqueda se convierte en un intenso «empuje vital» que más que optimismo es pasión, a través de más de 60 poemas en los que recoge una apreciación del mundo desde una vertiente emocionalmente creativa y desde «la explosión que llega tras el momento contemplativo». Un empuje que, sin embargo, no deja de lado ni lo negativo, ni la tristeza, los caminos equivocados, el dolor o la muerte.
Para terminar, escojo unos versos que bien podrían servirnos como ejemplo de esa dualidad entre lo oscuro y lo esperanzador, muy propios para la situación que en estos duros días estamos viviendo, pertenecientes a su libro 'Versos de ceniza y sal':
«Le pedí que despertara mi noche oscura
y celebrase conmigo la vida (…)».