Lo más natural, a la vista del cartel, sería pensar que al sacerdote que atiende en este confesionario le falla uno de los oídos y prefiere que le entren los pecados por el otro canal, por el oído bueno, extrañamente el izquierdo.
No parece extraña la situación a la vista de la edad media que va adquiriendo la plantilla de la empresa, que se va envejeciendo ante la falta de sabia nueva, lo que llaman falta de cantera.
El enviarte a la ventanilla del oído bueno tiene otra ventaja añadida que, a su vez, es obligación sagrada. Es muy peligroso confesar por el oído malo cuando le pide al pecador arrepentido que repita «más alto» los veniales y mortales para los que pide absolución. Recitarlos en voz alta los convierte en públicos y rompe esa leyenda del secreto de confesión que nadie ha puesto en duda jamás.
Cuando Mael el de la tienda dijo que se iba a confesar después de 60 años sin hacerlo todos los chavales nos colocamos estratégicamente y le encaminamos hacia don Clemente, bastante sordo. Íbamos a conocer sus misteriosos pecados pero se rompió el misterio cuando respondió al «confiesa los pecados para los que buscas perdón» con un «apúntemelos todos».