Seguimos hoy camino por territorios del mágico Bierzo junto a los pasos de una polifacética mujer que abarca el mundo literario, al menos, desde tres flancos diferentes. Amparo Carballo Blanco (Ponferrada, 1955) es además de escritora, editora y librera, tres aspectos sin los cuales los libros no llegarían a nuestras manos y que se complementan unos a otros. Anticipo que abarcar toda su trayectoria en un espacio como éste va a ser arduamente complicado, pero sirva al menos para un acercamiento que despierte el suficiente interés para seguir buceando en otros artículos y estudios que nos permitan conocer lo mejor de su pensamiento y de su obra.
Si nos preguntamos quien es Amparo Carballo, literariamente hablando, ninguna definición mejor que la ella misma hace de sí misma: «Soy hija del Bierzo, tierra donde nací y vivo. Soy quien soy, aquí y ahora, en una plaza pequeña y cerrada por la que deambulan los personajes y los gatos de mis narraciones, donde habitan la poesía y las nieblas densas, donde el reloj de la torre agota mi tiempo a campanadas. Donde, con paciencia de orfebre, ilumino un paisaje propio, construyo y reconstruyo mi territorio literario»; toda una declaración de intenciones porque si «todo puede alimentar la creación», si «de vivencias, información y sucesos es dependiente el escritor», Amparo ha sabido buscar su inspiración, para convertirla en experiencia creadora, en lo que sucedía y sucede en su entorno más próximo (esa «plaza pequeña y cerrada», desde la que observa a través del escaparate de su librería-editorial, Ediciones Hontanar, el mundo que pasa por ella; además de convertirla en ventana a través de la que mostrarse). Basa su permanente crecimiento como autora en la continua observación, desde diferentes ángulos, de la visión que los otros tienen de ella como tal, un proceso durante el que reconoce haberse caído muchas veces para volver a levantarse y reencontrarse con un «yo» que no siempre esperaba tal cual se le presenta.

Definida por Jose Mª Balcells, en Ilimitada voz (‘Antología de poetas españolas, 1940 -2002’), como una «poeta intimista, (que) aboga por la comunicabilidad en el lenguaje literario, pero manteniendo una imprescindible dimensión de misterio en sus versos», Amparo es de esas escritoras que opinan que los poemas «se gestan» en un proceso largo para finalmente «alumbrarlos». Reconoce no escribir cuando está triste sino que, «bajo la luz de la vida», prefiere evocar las cosas después de que estas pasen, extrayendo «la palabra mineral de la mina del alma» para después procesarla «lentamente, con dedicación y paciencia». Y aunque ya hemos visto que navega por diversas aguas literarias, cuando se leen sus manifestaciones al respecto, todo nos lleva al sentir poético como el que verdaderamente la marca más en profundidad, pues toda su literatura (sea verso o no) está marcada por ese impulso que la lleva a escribir «porque las palabras me dan la lata para que juegue con ellas» y también para conocerse mejor y reconciliarse con ella misma.
De la poesía nos dirá que «sirve para consolar, para reflexionar (…) para pensar y emocionar; puede servir para todo o para nada», y que de ella le gusta esa «estructura condesada (con la que) se pueden expresar emociones con pocas palabras». Si leer su poesía puede resultarnos de lo más estimulante, no lo será menos leer sus opiniones al respecto de lo que ésta en particular y la literatura en general puede aportarnos a cualquiera que a ellas nos acerquemos.
Yo de momento les dejo con otra de sus interesantes reflexiones: «Los libros crecen y evolucionan al ritmo de la vida del escritor, que casi siempre se dice lo mismo pero de diferente forma, según (su) evolución». Otro día hablaremos de su larga trayectoria y de su profunda implicación como editora. De momento hoy termino con más versos suyos, unos que me resultan profundamente significativos dentro del mundo literario y un consejo: búsquenla y léanla, porque…
"(…) aquí estamos,/
tan sin dios,/
tan solos,/
marineros estancados/
en la oscuridad espesa,/
sintiendo la agitación/
de la brisa."
(‘No hay arriba’. ‘Espejo de Alinde’, 2001)