El Musac fue producto de unos años dorados, los noventa, en los que la edificación de museos de arte contemporáneo proliferó por toda la geografía española para ser la guinda que coronaba el pastel de una década de prosperidad económica y optimismo generalizado.
En Castilla y León, que posee un gran patrimonio artístico histórico, existía entonces un enorme déficit en todos los campos de la cultura contemporánea y, aunque había una incipiente escena viva y activa, no había políticas culturales sólidas, tampoco una genealogía de artistas significativos que pudiera trazar una historia referencial propia de la región, ni apenas galerías comerciales ni coleccionistas privados. Todas esas carencias se pusieron de especial relieve con la aparición de las primeras generaciones de artistas formados en la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca, creada a mediados de los años ochenta.
Siempre se dijo que la decisión de ubicar el Musac en León fue debida a que, en aquella época, esta ciudad era la que más actividad artística tenía en cuanto a artistas, proyectos o galerías de arte. Se percibía la demanda de un centro así entonces, pero el gran problema estaba en que el nuevo museo, aunque tuviera una edificio espectacular, no disponía de una colección que albergar. Enseguida se destinaron grandes partidas presupuestarias con las que se pretendió llenar ese vacío. El plan consistió en partir de cero y comprar, a toda prisa, gran número de obras. Se puso en circulación aquel eslogan difícil de entender del «museo del presente», que establecía arbitrariamente una línea de arranque primero en el año 1992 y, luego, en el de la caída del muro de Berlín, 1989, fechas que permitían olvidarse del arte anterior. La inversión, poca para dotar a un museo de una colección que construyera un relato coherente, era, sin embargo, una fortuna para comprar rápidamente obras recientes aún sin contrastar.
Todo eso empezó a resquebrajarse por sí solo para desplomarse después con la llegada de la crisis económica. El legado de aquella maniobra fue una colección cuya gran masa de obras corresponde prácticamente a una sola década, la de los noventa, relacionada casi exclusivamente con la escena local de las galerías madrileñas de aquel momento que acudían a la feria de Arco.
Aquel periodo terminó con abandonos y dimisiones de directores. Luego, hubo un tiempo en el que se pretendió normalizar la vida del museo mientras fue director Manuel Olveira, casi una década, en la que se intentó vertebrar la institución, ampliar la colección rebasando esas injustificadas fronteras cronológicas y mitigar la incomprensible marginación de los artistas y los temas de Castilla y León que había tenido lugar en la misma institución que debería acogerlos.
El fin de esa etapa no dejó de ser traumática, un nuevo gobierno autonómico fue ahogando presupuestariamente al museo en los meses posteriores al confinamiento del COVID y se convocó concurso público para relevar al responsable de la dirección, proceso que se dilató hasta resolverse prácticamente cuando ese mismo gobierno ya no existía.
Desde entonces, el museo, que siempre ha estado gobernado desde Valladolid, no ha recuperado la financiación que tenía entrando en estado de coma, resistiendo como un enfermo al que se le van amputando sucesivos miembros. Hoy, hay menos de la mitad de trabajadores que hace años, se ha desmantelado en gran medida el departamento de educación, se canceló el laboratorio 987 para proyectos de creadores de la región y hasta el restaurante, el bar, la cafetería, la librería o la tienda han cerrado. Las actividades han ido siendo reducidas hasta la práctica desconexión con el contexto local. Las exposiciones han llegado a ser dos únicamente, frente a las seis que llegó a haber simultáneamente, siendo las actuales demasiado largas, de incluso un año de duración.
El pasado año, 2024, fue el del gran desplome. El Observatorio de la Cultura, en su estudio anual, colocó a la institución en los últimos puestos de la clasificación, veintidós más atrás que el año anterior, pero todavía muchos más puestos abajo que en 2018 o 2019, en los que aparecía entre los primeros. La muestra del conocido artista chino Ai Weiwei, en la que a última hora se invirtieron sorprendentemente varios cientos de miles de euros, hizo aumentar el número de visitantes pero es de creer que sea una caso aislado.
El Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León se implantó en un territorio muy extenso en el que no había lo necesario para el desarrollo de la cultura contemporánea. Esa situación apenas ha mejorado en los últimos veinte años en los que lleva abierto. Es un dato relevante que el archivo de artistas de la comunidad que existe en la misma institución lleve sin una nueva incorporación casi una década. De las más de mil obras que posee su colección, las de autores de Castilla y León no llegan ni al tres por ciento.
La existencia de la institución ha aportado un gran equipamiento y un edificio arquitectónico singular, ha producido exposiciones importantes, importado novedades, generado debates, editado publicaciones interesantes, ha abierto caminos, actualizado la mirada de la ciudadanía; pero en su radio de acción han desaparecido todo tipo de iniciativas. La absorción presupuestaria de la primera etapa quitó el oxígeno a todo lo demás, concentrada la política cultural en una dinámica de eventos superficiales llevó al límite un proyecto insostenible en el tiempo que quebró antes de la crisis económica y que lastra su porvenir. Luego, ha sido muy difícil enderezar las cosas aunque se han hecho algunos esfuerzos. Ahora, cuando al que se le quita el oxígeno es a él mismo, seguramente en su peor momento, el Musac se enfrenta a un futuro no más complicado que su pasado pero sí más oscuro.