Unas caldas olvidadas junto al río del olvido

Acudiremos a través de las fotografías de Olga Orallo al balneario de ‘Las caldas de Nocedo’, situado a solo medio kilómetro al norte del pueblo de Nocedo de Curueño

Mercedes G. Rojo
16/07/2024
 Actualizado a 16/07/2024
Vista del río Curueño con la montaña aún nevada al fondo. | OLGA ORALLO
Vista del río Curueño con la montaña aún nevada al fondo. | OLGA ORALLO

Comenzamos recorrido por estos caminos de ruinas en nuestro viejo reino, ruinas que nos hablan de lugares llenos de vida en un tiempo, ruinas que entrelazan entre ellas los retazos de ¡tantas! historias vividas, volviendo nuestra mirada a un lugar en el que la vida sigue bullendo a través de las aguas que lo atraviesan y que un día le dieron la importancia que hoy ya no tienen: las Caldas de Nocedo


Dicen algunas de las definiciones que se refieren a los balnearios, que son estos «parajes, urbanizaciones o lugares que se encuentran junto al mar o al lado de un arroyo, río, lago o laguna, que funcionan como lugares de esparcimiento en la tierra y en el agua, así como lugares de integración familiar, social y práctica de deportes». Los balnearios –frente a los más modernos centros de talasoterapia (que surgen en torno al aprovechamiento del agua del mar) o los spas (que utilizan agua corriente, es decir, del grifo)–, utilizan para su funcionamiento aguas mineromedicinales (necesaria y  previamente declaradas como de utilidad  pública), cuyo disfrute ofrecen a sus posibles usuarios con  fines tanto terapéuticos como preventivos para la salud. 


La cultura de los balnearios o cultura termal  viene en Europa, y por ende en España, ya de antiguo, pues bien es sabido que esta cultura, no solo de salud sino también de ocio y esparcimiento, de sociabilización en torno al agua, nos llega heredada del mundo griego y romano y también del mundo árabe que tanta presencia tuvieron en nuestra península. Todos ellos se sintieron «atraídos por el agua como fuente de vida, por el paisaje como bálsamo del cuerpo y del alma» y buscaban de disfrutar del agua de calidad, siendo usual en ellos «ir a tomar las aguas».  De la presencia romana en tierras hispanas, y en algunos casos también de la árabe, quedaron repartidos por nuestra geografía los restos de esas «termas» en las que les gustaba disfrutar de mucho más que unos simples «baños». De los romanos heredamos ese topónimo de «caldas» que hoy se sigue utilizando en algunos de esos recuperados lugares; de los árabes «alhama», que también sigue apareciendo, aunque quizá de modo más testimonial. En cualquier caso, esas huellas tanto físicas como lingüísticas son indicativas de lo hondas que están en nuestra vida, precisamente a través de nuestra raíz histórica. 

 

Imagen 3. Piscina riñón
Piscina con forma de riñón anexa al edificio de hospedería. | OLGA ORALLO

Con el tiempo, y la desaparición de estas culturas tan ligadas al agua, su auge, su presencia llegó incluso a su desaparición y solo sería  a partir del siglo XIX que volvería una nueva explosión de dichos lugares, un momento más de gloria que vendría a coincidir con el crecimiento económico que trajo consigo la revolución industrial y  esta, a su vez, la aparición de una potente burguesía que buscaba disfrutar de placeres y privilegios que hasta entonces solo habían estado al alcance de las clases más altas de la sociedad. Fue entonces cuando, en torno a los balnearios, surgió  toda una cultura específica (que por cierto está encontrando un nuevo resurgir en nuestros tiempos) que parecía convertirlos en una especie de «microcosmos con un tiempo fuera del tiempo;  un espacio sin tiempo»,  un territorio propicio para «dialogar con la naturaleza, con el silencio, con la música del agua y con el cuerpo propio»; un lugar al  que, como en muchas ocasiones hoy mismo, se acudía como terapia que permitía «alejarse del mundanal ruido para reencontrarse consigo mismo dentro de un espejo del edén o de la Arcadia».


Este tipo de establecimiento proliferaron por toda Europa (también en España) y atrajeron a ciudadanos de toda  clase social, ya fueran «enfermos, soñadores, románticos, melancólicos,...». Se convirtieron también  en «refugio de escritores, artistas, músicos o viajeros, y un motivo constante de inspiración para todos ellos», lugares a los que podían acudir para aislarse del mundo, para curar dolencias reales e imaginarias, buscando la inspiración en «la comunión con el paisaje» que tales lugares les proporcionaban.

 

Imagen 2. Capilla en el balneario (1)
Capilla anexa al balneario. | OLGA ORALLO

Nuestra provincia no fue ajena a dicha profusión de lugares, de los que hemos podido llegar a contar al menos una docena de ellos, aunque desgraciadamente hoy la mayoría  de ellos están  abandonados o en desuso. Muy populares durante finales del siglo XIX y gran parte del siglo XX, hoy se desmoronan, sin embargo, entre el abandono y la desmemoria. Y es precisamente uno de esos lugares el escogido para nuestro reportaje de hoy, un lugar al que Olga Orallo, nuestra fotógrafa para estos reportajes (también yo misma), ha acudido en diversas ocasiones convirtiéndose en testigo del creciente deterioro del lugar.  Acudiremos a través de sus fotografías al Balneario de‘Las caldas de Nocedo’,  lugar situado en el norte de la provincia de León,  a tan solo medio kilómetro al norte del pueblo de Nocedo de Curueño (y unos 35 km. del mismo León), perteneciente al Ayuntamiento de Valdepiélago; junto al río Curueño (al que el escritor Julio Llamazares llamara en su día «el río del olvido») y la antigua calzada romana de la Vegarada, circunstancia sin duda de que el reconocimiento de sus aguas nos venga ya desde antaño. 


Sus aguas, que manan entre 27’5º y 32º, con amplias propiedades minero-medicinales, y el incomparable marco entre montañas donde se ubica, lo hacían ideal para el descanso y la relajación, y así, a comienzos del siglo XX, se pone en marcha como establecimiento dedicado a la salud propiamente dicho, concretamente entre 1904-05, cuando, tras haber sido adquirido el lugar por los hermanos Díez Ordóñez (Emilio y Laureano), animados entre otras cosas por la vieja costumbre de los habitantes de los pueblos cercanos de acudir al lugar a bañarse y a beber sus aguas medicinales, construyen estos un primer edificio para el balneario que posteriormente ampliarán con un hotel. Dicho establecimiento se anunciará ya en la prensa de la época, con anuncios y reportajes que hacen alusión a la bondad de sus aguas (termales-bicarbonatadas-mixtas-nitrogenadas, consideradas apropiadas para el tratamiento de afecciones tan diversas como «reumatismos, afecciones del corazón, hipertensión arterial, bronquitis, procesos digestivos, intestinales y urinarios») tanto como a los encantos ofrecidos por el entorno natural en el que se asientan y que permitían hermosos paseos. 


Tras varios años de buen funcionamiento, con la llegada de la guerra civil pasaría alternativamente a manos de los sublevados primero, luego del batallón  AS-250 de las tropas republicanas (que lo convertirían en su «cuartel general»), para  volver de nuevo, y definitivamente, al ejército de los sublevados que acabarían como ganadores de la contienda. Sin duda el angosto lugar en el que se halla situado, «entre dos paredes casi verticales formando una especie de embudo por donde discurre encajonada la carretera y el río», hacía de este sitio la ubicación ideal para controlar uno de los pasos que unía la provincia leonesa con las tierras asturianas, desde las que más firme oposición se ofreció a las fuerzas levantadas contra la República. Durante todo este tiempo, como era normal, se vio interrumpido el servicio que hasta entonces el balneario venía prestando a la ciudadanía, además de ver transformados sus alrededores con la excavación de una gran trinchera sobre él y la apertura de  una galería para comunicar esta posición militar con otra situada  sobre el propio pueblo de Nocedo, construcciones que aún hoy en día pueden apreciarse en el paisaje. 

 

4. Hosped. 2ª y 3ª clase
Edificio de época posterior que albergóla hospedería para 2ª y 3ª clase. | OLGA ORALLO

Con la finalización de la guerra llegó también la reparación del balneario, que primero se amplió en un piso más, para hacerlo después, en 1941, con la construcción de un nuevo edificio destinado a hospedería de segunda y tercera clase, dotado de cocina común. Si a estas circunstancias unimos el hecho de su relativamente fácil acceso (ya que se podía  llegar fácilmente en tren hasta la misma estación de La Vecilla, donde esperaba «un cochecillo que a todos los trenes sale para el Balneario que en media hora conduce por pintoresca carretera a los bañistas al Establecimiento Balneario», según contaba ya un artículo publicado en el 14 de agosto de 1905 en El Mensajero Leonés), podremos comprender el auge del que llegó a gozar el establecimiento,  cuya temporada solía prolongarse entre  junio y finales de septiembre, tanto que llegó a tener 65 camas, habitaciones con baños, amplios salones y grandes comodidades para la época, lo que para la época y el entorno en el que se situaba era una buena cantidad de plazas. 


El autor  Wenceslao Álvarez Oblanca, que cuenta con un importante trabajo documental en su ‘Historia de los Balnearios de la Provincia de León’, comenta que tanto las Caldas de Nocedo como otras infraestructuras termales de la provincia «se convirtieron en todo un fenómeno social, que no solo atrajo a la burguesía leonesa, sino que movilizó a las gentes de condición modesta del campo o de los barrios de la capital, que acudían en masa a estas instalaciones». Esta circunstancia sería la que hacia los años 40 provocaría la ampliación de las instalaciones que ya mencionamos, mientras que en otros lugares se instalaban en las casas de los vecinos de los pueblos e incluso en pajares. Y así, mientras en León se provocaba una masificación que afectó a la mayoría de sus balnearios, precarizando sus servicios para hacerlos accesibles a todos, otros lugares similares  en Galicia, Asturias o Cantabria apostaron por el lujo y las comodidades. Y fue seguramente tal circunstancia la que habría podido llevar a que, con la sustitución,  durante el último tercio del siglo XX, de este tipo de destino por otros nuevos y también  populares como el turismo de playa, vendido para todos, comenzase a disminuir  la popularidad de estos lugares. El de Caldas de Nocedo comenzó a decaer a finales de los setenta, hasta cerrarse definitivamente en los años 80.


Acercarse a este complejo en ruinas nos da idea de la magnitud que en su momento llegó a tener. De entre todo él quizá lo que más destaque sea la capilla que se levantó anexa al balneario y la piscina en forma e riñón que también encontramos entre sus instalaciones. En la primera, parece que  se celebraba misa y rosario diario «para sanar el alma además de las dolencias corporales». De la segunda desconocemos si su forma tendría algo que ver con posibles tratamiento renales o simplemente responde a un capricho del constructor. Destacar también como curiosidad la fachada del hotel cuyas ventanas se abren sobre el río, protagonistas de alguna escena del libro de J. Llamazares antes mencionado, en el que contaba haber pasado de una habitación a otra a través de las mismas, tarea a todas vistas harto difícil si no imposible. En fin, cosas de la literatura. 


 Ya para concluir diremos que estas ruinas son hoy propiedad de José Manuel Fierro. Quién sabe si en su intención esté tal vez la de facilitar su recuperación para solaz de todos e inversión de futuro en la zona, como se ha hecho ya y se está haciendo en otros lugares. Pero hoy, el acceso a sus instalaciones, dado el estado de las carreteras y el aislamiento por vía ferroviaria que sufre la zona, pone esta circunstancia en clara desventaja frente a tantos otros lugares de similares características. Aún así, el paraje es sumamente recomendable para una visita que nos permite disfrutar a pie de tan bello entorno. Y tal vez, si nos damos un paseo por el mismo dejándonos atrapar por la paz que se respira, solo tal vez, enredado entre el murmullo del viento que se desliza entre las pétreas paredes naturales que encajonan sus deteriorados edificios nos lleguen los ecos de los soldados romanos que un día discurrieron por esta Calzada romana de la Vegarada, haciendo parada en estas aguas para disfrutar de un momento de asueto; o los de un dicho popular que, siglos más tarde, a menudo repetían las gentes leonesas al abandonarlo y que nos hablan, sin duda, de la efectividad de los tratamientos que allí se llevaban a cabo: 


 «Adiós Caldas de Nocedo
y sus aguas minerales.
Aquí dejamos nuestros dineros,
pero también nuestros males»


Volvemos en dos semanas. 
 

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