La Biblioteca de la Real Academia de la Historia custodia el manuscrito Calcos Epigráficos firmado el 14 de diciembre de 1888 por el leonés Casimiro Alonso Ibáñez. El documento, integrado por nueve cuartillas y depositado en la Real Academia por el epigrafista, arqueólogo e historiador Fidel Fita una semana más tarde, el 21 de diciembre de 1888, contiene cinco copias caligráficas de otros tantos epígrafes funerarios vadinienses, destinados a perpetuar la memoria de los difuntos, procedentes de las localidades leonesas de Valmartino, Villapadierna, Barniedo de la Reina, La Puerta y Liegos. Todas están datadas entre los siglos II y III d.C. y Alonso Ibáñez las describe, transcribe y comenta. Las cinco estaban en 1888 depositadas en el Museo Arqueológico de León, ubicado desde su inauguración, el 6 de junio de 1869, en el convento de San Marcos y lo están 137 años después, cuatro de ellas visitables en la exposición permanente de la sede actual del Museo de León, en la plaza de Santo Domingo.
La colección epigráfica del Museo de León es más antigua que el propio museo, como indica su director, Luis Grau, pues ya desde 1859 Fidel Fita y, ya como responsable del museo, Juan López Castrillón (1873-1896), rescataron los principales contingentes de lápidas en derribos de partes de la muralla y de otras obras acometidas en la ciudad de León.
Pero hubo otros protagonistas en sus inicios. Así, Eloy Díaz-Jiménez y Molleda, autor en 1920 del primer catálogo del Museo Arqueológico, cita a Deogracias López Villalibre como «uno de los primeros que en León se dedicaron al estudio de la arqueología local, formando con el P. Fita, Castrillón, don Patricio de Azcárate, don Fernando de Castro, don Casimiro Alonso y otros pocos, la falange de precursores de nuestro movimiento histórico y artístico leonés, sumándose, después, a ellos Madrazo (don Juan), Alvarez de la Braña, Mingote [Policarpo] y algunos más».
Alonso Ibáñez reconoce en su texto de 1888 la motivación del manuscrito, que no reside en un hallazgo o novedad arqueológica (el epigrafista Aemiluis Hübner había revisado personalmente las lápidas en su visita al museo en 1881 y las incluyó en 1892 en su obra Inscritionum Hispaniae Latinarum), sino en que, como señala: «De ninguna, que yo sepa, se han hecho calcos, que son sus comprobantes auténticos» y concluye: «Esa es la deficiencia que me propongo suplir y solo respecto de un corto número (cinco) que por el símbolo del caballo que en ellas campea vienen a formar un grupo especial y por todo extremo interesante».

Casimiro Alonso hace referencia en su manuscrito a «otras dos piedras epigráficas descubiertas en el partido judicial de Riaño, señaladas también con el símbolo del caballo» que –indica– «completarían estos ligeros apuntes; pero no pudiendo acompañar calcos, que no he sacado, de la una por estar demasiado gastadas las letras y, de la otra, porque permanece en el lugar en el que fue hallada, es decir, a muchos kilómetros de mi residencia, creo oportuno suspender esta grata tarea no sin advertir que una de las dichas piedras tiene enteramente borrada la edad del difunto y la otra señala la de 30 años, que no es incompatible con la significación que he dado al caballo en la carrera».
El caballo es, por tanto, motivo decorativo y denominador común de las inscripciones que Casimiro Alonso incluye en sus Calcos Epigráficos. Aunque en los cantos vadinienses también se reproduce iconografía vegetal (árboles y hiedra en su condición de plantas de hoja perenne), el caballo es la representación animalística que atrae a Alonso Ibáñez. «Es animal totémico, el asturcón de las montañas entre León, Asturias y Cantabria, emblema identificador de un grupo étnico», explica Grau en la Guía Breve por el Lapidario de Claustro, editada en 1992 cuando la gliptoteca estaba en San Marcos, su ubicación principal desde la fundación del museo en 1869.
La Guía Breve de 1992 recoge cuatro de los cinco epitafios vadinienses descritos por Casimiro Alonso: el de Negalo, de Valmartino; el de Virono, de Villapadierna; el de Elanio, de La Puerta; y el canto rodado de Maisontine, de Liegos, una referencia bibliográfica que se repite en anteriores publicaciones, como la de Eloy Díaz-Jiménez y Molleda, de 1920, y en posteriores, como la Guía Catálogo de 100 piezas del Museo de León, de1993; o la Epigrafía Romana de la provincia de León, de Manuel Abilio Rabanal, de 2001, entre otras.

Vadinia, la periferia de Roma
Los paneles informativos del Museo de León nos acercan Vadinia como una nebulosa región histórica, muestra inequívoca de que el interés colonial de Roma se ciñó en una larga y primera etapa al control estratégico, económico y comercial. El espacio humano debió estar ocupado por gentes indígenas más o menos dominadas, más o menos conscientes de su papel subordinado en esa coyuntura histórica. Los vadinienses ejemplifican este tipo de comportamiento cultural periférico. Y poco más tenemos, se asegura, excepto un puñado de epitafios de época romana de una enorme personalidad.
En cuanto a los vadinienses, se explica que fueron gentes indígenas más o menos dominadas. Agazapados en una orilla del Imperio Romano, solo sabemos de ellos que tuvieron una tardía romanización y que la gentilidad vinculada al pueblo cántabro se debe a Ptolomeo (siglo II).
Su territorio (actualmente en el rincón limítrofe entre Asturias, Cantabria, Palencia y, sobre todo, León) debió favorecer el pastoreo y la recolección de frutos silvestres, sin que ninguno de los castros conocidos, en los valles altos del Esla o del Sella, proporcionen indicios de una civitas cohesionada por sus estructuras de parentesco amistad, tal y como confirman los epígrafes conservados.
Esos epígrafes suponen el vestigio más contundente y casi único de su presencia histórica, y son casi siempre textos funerarios masculinos (la excepción leonesa es el hallado en Liegos, en el municipio de Acebedo, dedicado a una mujer, Maisotinia), inscritos sobre grandes cantos rodados de cuarcita que tal vez señalaran las sepulturas, aunque ninguno de estos hitos ha sido hallado en su lugar. Emplean un latín formulario y tardío, de gráfica vacilante, que entremezcla recetas funerarias y divinidades latinas, junto a la onomástica indígena. Se acompañan de motivos vegetales de significación funeraria, adornos personales y, sobre todo, del caballo: la raza asturcona, tan alabada por los autores latinos para el ámbito agreste.
Casimiro Alonso: anticuario, coleccionista y fotógrafo
El autor en 1888 del manuscrito Calcos Epigráficos, Patricio Casimiro Alonso Ibáñez nació en 1832 en León, ciudad en la que murió en 1892 a los 59 años. Hijo de los leoneses Bárbara Ibáñez y Blas Alonso, quien en 1860 era el cuarto mayor contribuyente de la provincia de León por rentas derivadas de Comercio y el segundo de la ciudad de León. Entre los seis hermanos de Casimiro Alonso hubo abogados y arquitectos que ejercieron cargos públicos y profesionales en el Ayuntamiento y en la Diputación de León, así como en las entidades financieras y sociedades agrarias, económicas, culturales y de beneficencia de la provincia. Perteneciente a una familia de la burguesía comercial y profesional relevante de la sociedad leonesa, participaba de los beneficios de los negocios familiares, de las razones empresariales Hijos de Blas Alonso (almacén de hierros y ferretería) y Viuda de Blas Alonso (fabricación y comercialización de dulces y chocolates).
También emprendió aventuras empresariales propias, como representante en León de compañías de vapores a América y propietario de pertenencias de terrenos de fuentes medicinales y para la explotación minera. Fue, asimismo, miembro fundacional en 1881 de la Liga de Contribuyentes de León e integrante del comité de apoyo al partido republicano progresista en las elecciones al Congreso de abril de 1886, en las que Gumersindo de Azcárate fue elegido por el Distrito de León, así como del comité electoral republicano en los comicios municipales de 1886.
Fue también pionero de la fotografía en León, con galería abierta en la calle Nueva (actual Mariano Domínguez Berrueta) desde comienzos de la década de 1860. La búsqueda en fondos familiares, archivos de instituciones públicas, fundaciones y coleccionistas ha permitido rescatar hasta la fecha 65 fotografías de este autor, mayoritariamente retratos a la albúmina en formato ‘carte de visite’.