Luis Artigue (Villalobar, 1974) es, sin duda, el escritor más imprevisible, heterodoxo, irreverente, irónico y capaz de hacer de la literatura un arma cargada de delirante realidad. «Es que nos lo están poniendo muy difícil ¿Imaginas lo que dirían de mí si escribo que quiero convertir la franja de Gaza de un resort de lujo?». Acaba de publicar una novela muy suya —tal vez solo podía ser suya— en la que caminando por el género negro, que tanto le gusta, toca los palos más diversos y disparatados, pero inspirados en la realidad que nos está tocando vivir. El título ya dice mucho, ‘Trumpsilvania’, y este miércoles la presenta en el ILC (19.30 horas) acompañado de Pedro G. Trapiello.
– No oculta que le gusta la definición que le ha hecho José Carlos Somoza como escritor: ‘el Kurt Vonnegut español’, el novelista de la imaginación ¿Qué quiere decir?
– Hablamos de la narrativa con alto nivel de invención que es obra de un individuo adulto que no ha perdido la pasión y la fidelidad a sus sueños primeros; a las historias, los personajes, los ambientes y las ensoñaciones que le fascinaron desde niño; a los monstruos de su santoral.
– Se ha dicho de ‘Trumpsilvania’ que es un homenaje al cine de serie B, una reactualización del mito del vampiro, una novela de terror político, una fábula macabra... ¿Qué es? ¿Todo lo dicho, nada...?
– Es un poco todo eso… Pero también es una novela tan aterradora y shakespeareana como erótica y criminal con gánsters, ingenieros fiscales, predicadores mediáticos, políticos megalómanos, mansiones exclusivas, asesinas sexys, fiestas de captación de inversores que parecen pesadillas lisérgicas, asesinatos, orgías, criptobanqueros, cazafortunas de la alta sociedad que exudan glamour y sofisticación por cada uno de sus poros… Y Marilyn Monroe en el papel de la Condesa Drákula… Y Brad Pitt en el papel de Al Capone.
– Me ha liado aún más. Vamos con lo que sí es, una fantástica con el Drácula de Bran Stoker latiendo en sus páginas.
– Me decanté por otra novela fantástica porque vivimos una época caracterizada por la saturación de realismo: hay demasiada realidad y demasiada actualidad. Por eso nunca hemos necesitado tanto como ahora la ficción en general, y la ficción fantástica en particular. Pero, a mi entender, el fantástico, la ficción de la imaginación, no es solo entretenimiento sino también, como dice Guillermo del Toro, un camino a la verdad. En efecto en el fantástico, como en la mitología, no solo hay imaginación sino también verdad y sentido. Por ejemplo nada como retomar la figura fantástica del vampiro en una novela para contar la realísima evidencia de que no hemos avanzado nada: que hoy, como antes, el mundo está lleno de vampiros; de gente que le saca la sangre a los demás; de vendedores y vencidos… ¡Pero cuánto más chunga es la realidad, mejores son las novelas fantásticas!.
– Póngale nombres a lo que todos estamos pensando y no puede negar después de haber titulado ‘Trumpsilvania’.
–Ya, además yo no soy muy de disimular. Es evidente que Trumpsilvania es algo más que una novela de vampiros: es una crítica al capitalismo salvaje que económicamente consiste en que unos vivan de chuparle la sangre a los otros, lo cual hace que en las relaciones sociales unos vivan chupándole la energía a los otros, y en las relaciones de pareja sean también impositivas porque el amor se degrada al convertirse en uno anulando al otro (esto lo explica muy bien Dan Simons en su libro Los vampiros de la mente, donde dice que vampiro psíquico es aquel individuo, hombre o mujer, que chupa, succiona o parasita la "energía psíquica" de aquellos individuos que le rodean)… A mí me gusta pensar, contestando a la pregunta de qué tipo de fantástico es Trumpsilvania, que se trata de realismo visionario.
– ¿Capitalismo salvaje es trumpismo?
– Eso no hace falta ni aclararlo.
– ¿Y realismo visionario?
– El fantástico visionario heredero de George Orwell y Aldous Huxley pero cruzado con Julio Cortázar, Mariana Enríquez, Joyce Carol Oates e Italo Calvino que he venido haciendo hasta ahora en mis novelas.
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– Vamos con ellas: Donde siempre es medianoche, 'Café Jazz el Destripador' y 'Ficción para multitudes'; ¿escapismo o realidad?
– Tiene tanto de escapismo de lo real como lo tiene el Gato de Schödinger que está a la vez vivo y muerto (ya saben, ese experimento que descubre una paradoja en la explicación del mundo cuántico formulada por los físicos de Copenhague, y que, en buena medida, cambia para siempre la física cuántica). De hecho Donde siempre es medianoche era una novela sobre la crisis económica para explicar que una crisis económica es un problema de ficción, y 'Café Jazz el Destripador' era una novela reencarnacionista sobre el malditismo en la que se dice que igual que la teología nos enseña que dios envía de vez en cuando al mundo un santo justo cuando lo necesitamos, el demonio envía al mundo un genio maldito como Baudelaire o Miles Davis cuando necesitamos belleza saturada de malditismo, y 'Ficción para multitudes' era una novela o rescritura de La Divina Comedia sobre la pandemia mundial de la Covid, que todo el mundo decía que era algo kafkiano, para explicar que no, que esa pandemia era más bien dantesca.
– ¿Hay que ser valiente para escribir para escribir hoy novela fantástica?
– Sin duda. Para escribir novela fantástica en España hay que ser valiente como un perro que ladra a un ovni.
– Stephen King ha dicho que «Donald Trump es más aterrador que cualquiera de mis libros» ¿También más que la novela de Artigue?
– Sí claro, pero no es solo una novela sobre Trump ni una novela de vampiros, sino una muy política sobre el vampirismo de los poderosos y la indolencia del pueblo.
– ¿Una crítica política de la realidad mundial?
– Exacto… Decía en este sentido Mariana Enríquez que todo terror es político si vives en un país donde los fantasmas son desaparecidos purgados por los militares de la dictadura: yo pienso que todo terror es político si vives en un mundo donde la gente vota democráticamente a Putin y a Trump… En efecto, la ficción fantástica nos ayuda a pensar críticamente la realidad en la medida en que nos pone un espejo deformante a lo que tenemos delante, y nos permite por eso ver y analizar la realidad con un punto de vista distinto a la par que nos asoma a otras posibilidades especulativas del mundo, y a mundos no realizados, y a otros mundos. Pero la forma en que los escritores de ficción fantástica hace esto parte de la misma premisa que parten los filósofos y los científicos: ¿qué pasaría si…?
– ¿Qué pasaría si... qué?
– ¿Qué pasaría si en vez de vivir en un mundo de sustancias tangibles los humanos estuviéramos en una cueva mirando solamente sombras, se planteaba Platón? ¿Qué pasaría si la velocidad de la luz fuera una constante gravitacional universal, y todo lo demás, incluido el espacio y el tiempo, fuera relativo, empezó pensando Einstein? ¿Qué pasaría si los japoneses y alemanes hubieran ganado la guerra, imaginó Philip K. Dick?... ¿Qué pasaría si Donald Trump tras ganar las elecciones presidenciales anunciara que ha aprendido de sus errores anteriores y que va a conformar un gobierno totalmente paritario con el mismo número de humanos que de vampiros?
– Ha dicho que el trumpismo es la última gran pandemia de la humanidad ¿Le fascina la figura de Trump?
– Me parece que es un personaje brutalmente real que ve el mundo de manera brutalmente fantástica… Trump define la mentira como “una verdad alternativa”. En otras palabras, que dos y dos son cuatro, sí, aunque en una dimensión paralela podrían ser cinco o diez o lo que a él le convenga según el momento y el lugar. Pero usted y yo no vivimos en ninguna dimensión paralela, sino en ésta en la que cuando no tenemos trabajo no tenemos trabajo, y cuando no tenemos dinero no tenemos dinero, y cuando nos atracan nos atracan, no en esa realidad paralela en la que las cosas son y no son.
– ¿Se considera un visionario?
–Yo no, pero mi novela sí pretende ser visionaria. La fantasía, como la filosofía, habla sobre el ser y el conocer, esto es, sobre si el mundo es realidad o ficción. Pero los que hacemos realismo visionario presuponemos que existe la realidad; que el mundo es real. Y, desde ese presupuesto, desarrollamos narrativamente la idea tan imaginativa y entretenida como política de que el mundo puede ser de otra forma, esto es, que modificando ciertas leyes naturales inmutables se pueden modificar ciertas leyes sociales que parecen inmutables. Las novelas fantásticas por eso no son delirios friquis ni experimentos literarios vanguardistas, sino reconfiguraciones maravillosas o inquietantes de lo real. Y esas reconfiguraciones son a menudo incómodas y políticas, o, por lo menos, descolocan lo que el oficialismo dicta que es lo normal…