
No se ha ido en silencio cuando el domingo cerró los ojos bajo las gafas de sol, para que no se notara, a los 74 años. Los clásicos dirían aquello de tras pelear contra una penosa enfermedad, que es como le llaman a un tumor. No se ha ido en silencio porque al leonés no le faltan amigos que quisieron recordar sus noches en Madrid, sus conversaciones ilustradas, sus columnas en prensa impagables, sus criticas sabias, sus discos para el recuerdo, sus conciertos.
Ricardo Cantalapiedra era capaz e de hacerlo todo normal. De pasar del Seminario a Filosofía, de cantar en los coros de Iglesia —suya es la versión libre en castellano de Blowin’ in the Wind, titulada Saber que vendrás que se cantó en todas las misas modernas—a los mítines del PCE e interpretar aquella historia de la clandestinidad que se llamaba En casa de la Maruja. Porque era normal. Creció en la parroquia, se integró en las Juventudes Cristianas Antifranquistas —de entonces es su famosa frase de «más que Dios, nos unía estar hasta los cojones de Franco»— de ahí al PCE. De recorrer las parroquias haciendo dúos con gente como Julio Iglesias a conciertos cladestinos en los colegios mayores donde primer hablaba Marcelino Camacho.
Todo lo hacía normal, sin estridencias. Que en un concierto en Astorga la censura sólo le admitió una de las canciones presentadas pues cantó ésa canción durante una hora, unas vez tras otra, pues había sido contratado para una hora. Sólo a él le podía pasar que la Conferencia Episcopal le vaya a publicar un disco y se lo cargue la censura, como ya en 1977 la autoridad gubernativa le prohibiera un concierto en León.
Sólo a él le podía pasar, pues sólo él era capaz de convertirlo en una anécdota para novelas como ‘El libro secreto de los camareros’ o en una canción que cantaría escondido bajo las gafas del gran Ricki Bolero, del gran Ricardo Cantalapiedra.