El miedo siempre está ahí, al acecho, oculto en la oscuridad, arropado por la noche, protegido por el día, siempre presente, tejiendo constantemente y sin descanso esa telaraña de la que tanto gusta para tenderla sobre nosotros cada vez que le apetece, dejando escapar un súbito suspiro de placer mientras se deleita con el silencio de tu súplica. El miedo se pega al cuerpo a cada momento, impregnándolo todo con su apestoso aroma, con su pegajosa presencia. Porque eso es lo que hace el miedo, envolvernos bajo capas de emociones tan intangibles como reales que nos someten, nos apagan, nos atan, nos lastiman y fustigan con el látigo del ¿Y SI?
El miedo paraliza con su simple presencia, presencia perenne y desgastante de la que cuesta desprenderse y dejar atrás. El miedo es un susurro tan lejano como antiguo, tan triste como deprimente, tan condicionante, tan brutal... Es la sombra que astuta y malvadamente se arrastra desde los rincones más angostos del alma, para torturarte, para torturarnos un ratito más, un día más, una eternidad más. Es el eco de lo desconocido, un temblor que nace en las entrañas, un susurro congelado que paraliza el cuerpo, la mente, la vida... El miedo es el veneno que empaña nuestros días, que intoxica la sangre y nos pone de rodillas, envolviéndonos con su gélida capa de angustia mientras nos presenta un escalofriante panorama que no estamos seguros de poder enfrentar. Es un abismo salvaje y despiadado capaz de someternos, capaz de impedirnos respirar. El miedo se cuela como un ladrón silencioso a través de las hendiduras más expuestas del alma, exhalando un frío susurro que acaricia la nuca y detiene el aliento. Es la sombra que se alarga con el crepúsculo, devorando la luz, ahogándonos en nuestras propias tinieblas, tejiendo con hilos de seda nuestras más siniestras pesadillas. El miedo nos limita y condiciona, nos encoge y aplasta bajo su descarada mirada de triunfo, convirtiendo nuestros sueños en cenizas antes incluso de darles forma. Y entonces nos posee clavando su afilada garra en nuestro pecho, paralizando nuestra mente, mermando nuestra razón, enredando nuestra vida, tejiendo nuestra suerte, convirtiendo nuestro mundo en piedra, nuestra voz en un eco mudo y nuestra existencia en un agónico abismo que nunca nos atreveremos a saltar.
El miedo se oculta bajo un grueso manto de sutileza, disfrazándose de prudencia y sentido común, limitándonos con sus susurros cargados de desánimo, advirtiendo que el fracaso acecha, que el dolor es inevitable y que cualquier paso en falso nos romperá. Y así nos limita, así teje sus invisibles filamentos sobre nosotros, construyendo un siniestro mapa de caminos que no tomamos, de palabras que no dijimos, de vidas que no vivimos, tomando el mando, moviendo nuestro mundo a placer, consiguiendo que nos aferremos al borde, que nos quedemos en la orilla, apagando sin permiso la chispa que podría llegar a encender brillantes estrellas en nuestro interior. El miedo, pues, nos habita, dirigiendo nuestros días, controlando nuestras mentes, haciéndonos olvidar lo libres que somos en realidad. El miedo no solo nos frena, sino que nos roba los colores de la vida, vacía nuestros ojos y nos aleja de prometedores horizontes, abandonándonos a la duda de si el valor fue siempre un extraño personaje al que nunca nos atrevimos a darle una oportunidad.
Sin embargo, el miedo, aunque poderoso, jamás debe convertirse en dueño único de nuestro destino, en capitán absoluto de nuestra vida ni en el amo al que nunca debimos pertenecer. No permitamos, pues, que su sombra oculte la luz de nuestros sueños, que su escalofrío destruya la esperanza que da forma a nuestros pasos, que su peso nos ate a la comodidad de lo seguro o a la certeza de lo conocido. Porque la vida no se trata de evitar el dolor, sino de abrazar la belleza de la incertidumbre y de lo impredecible, de aquello que nos hace sentir vivos. Por tanto, el miedo puede ser guía, pero nunca juez; puede advertirnos, pero jamás condicionarnos. Podemos escucharlo, sí, reconocerlo, sí, y abrazarlo de vez en cuando, únicamente cuando su mero objetivo sea el de cuidarnos, pero nunca deberá dictar nuestros pasos, porque más allá de sus advertencias se encuentra el vasto horizonte de lo posible, donde los sueños se tejen con los hilos de valentía y donde cada paso hacia adelante es una victoria sobre las sombras que nos acechan, impidiéndonos avanzar.
No dejes que el miedo condicione tu vida más allá de lo necesario. Cada vez que sientas su gélido aliento, respira hondo, siente su presencia y trata de comprender por qué se sienta a tu lado. Pero luego... luego suéltalo, deshazte de él y sacúdete el polvo que deja tras de sí, porque eres tú quien tiene ese poder, el único que puede decidir en qué dirección encaminar tus pasos. Enfréntalo, camina a pesar de él y entonces descubrirás la verdadera esencia de tu fortaleza. Y allí, en ese espacio luminoso, allí, a medio camino entre la duda y la decisión, allí, donde el valor toma el mando, allí, entre el temblor y la acción, es donde encontrarás la libertad para ser tú mismo. Es donde encontrarás el valor para liberarte.