Sigo aquí

Por Nuria Crespo y José Antonio Santocildes

23/03/2025
 Actualizado a 23/03/2025
Imagen 23.03.25   SIGO AQUÍ
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Apesar de los golpes, caídas y patadas de la vida, sigo aquí. En el filo de la navaja, a las puertas del abismo. Sigo aquí, en el límite del tiempo, en la sombra del olvido, ganando cada día el desafío de este juego, el desafío del destino, intentando ganar esta partida por un minuto más de vida. Sigo aquí, con callos en mis manos que hablan de todas y cada una de mis batallas. Sigo aquí, con dolores en mis huesos y cicatrices en el alma indelebles ante el tenebroso paso del tiempo. Sigo aquí, estoico, inquebrantable, con el ánimo de un niño, la valentía por bandera y el fuego aún ardiendo en cada una de mis venas. Sí, aún sigo aquí, con la juventud diluida en algún rincón de la memoria que ya no logro recordar, juventud que aún palpita, que aún siento, que aún conservo, en retazos corroídos que forman parte de una vida tan fugaz que apenas he tenido tiempo de saborear.

Pero sí, sigo aquí, acompañado del silencio que se ha instalado por sorpresa en cada uno de mis días, atronador silencio que me sobrecoge, calmo silencio que a la par me abriga. Sigo aquí, atrapado en un cuerpo ahora adornado con decenas de profundas arrugas que hablan de una vida larga, no siempre plena. Sigo aquí, atrapado en un disfraz que avanza con pasos lentos, pasos eternos, pasos que poco a poco van desapareciendo entre los sutiles golpes de viento. Sigo aquí, ausente ante un crepúsculo inesperado, nadando en una miríada de recuerdos que me torturan cada día y también cada noche. Sigo aquí, observando estas manos, manos que un día alzaron sueños y construyeron ilusiones. Sigo aquí, como un árbol viejo que nadie visita, formando parte de un camino que ya nadie transita. Sigo aquí, cargando con el peso de lo invisible, desvaneciéndome en el eco de una vida que ya no me incluye. Sigo aquí, con el cuerpo tembloroso, con el frío anidando a mi lado y el pulso apenas perceptible de una sangre que ya no siente, que ya no se incendia. Sigo aquí, con el corazón henchido de historias que nadie quiere escuchar, con las puertas cerradas, con miles de nombres que un día fueron míos, enterrados en un abismo falto de piedad. Sigo aquí, en este silencioso exilio, en este destierro no deseado, en este olvido que no logro obviar. Sigo aquí, en este tramo final, observando desde la cima lo que tarde o temprano ha de llegar.

Sin embargo, qué logro tan maravilloso el haber podido llegar, qué gesta tan gloriosa he conseguido alcanzar, qué inmenso tesoro el haber nutrido mi alma con bellas historias que ahora me hacen brillar, historias que han dibujado mi camino y alimentado mi destino. Qué honor haber desafiado tantas tormentas, cuántos amaneceres y despedidas, cuántos tropiezos y desvíos, cuántas cicatrices internas y externas, cuánto dolor, cuánta alegría, cuántos errores y aciertos, cuántas lágrimas, cuántos capítulos escritos, cuántos surcos marcando mi rostro, cuántas canas, cuánta vida. Cuántos aprendizajes que me invitan a pensar, cuántos pasos vacilantes que ya no logro recordar, cuántos falsos aplausos que ahora ya no parezco necesitar, porque si algo he aprendido es que la vida no se mide en pasos rápidos ni se pesa por grandes logros, sino valorando los pequeños instantes que nos hacen sonreír y temblar; como esa mano que me sostuvo en mi noche más fría y oscura, esa palabra que me hizo sanar, el olor a tierra mojada en un día de verano o aquella sonrisa con la que me pude enamorar. Porque envejecer es saber que el dolor pasa, pero la alegría también, y que al final lo que queda es la huella de lo que pude ser, de lo que pude dar. Envejecer es entender que no hay victoria en correr, sino en detenerse a mirar, en intentar comprender, en ser testigo de lo que fue, es y será.

Pero duele, todo duele: duele el cuerpo que se cansa, duelen las piernas que ya no responden, duelen los ojos que se nublan frente a un mundo que sigue brillando para otros. Duele el silencio de los que se fueron, de los que prometieron volver y no lo hicieron. Duele ser un recuerdo para quienes aún te nombran y un extraño para los que pasan de largo. La vejez es una soledad que no se elige, un frío helador que se cuela por las rendijas del tiempo, un adiós que se pronuncia sin necesidad de palabras que jamás conseguirán llenar el vacío que siento, a pesar de todos los buenos momentos. Sin embargo, hay una tenue luz, casi sagrada, en los días que se alargan como sombras al atardecer. Sí, envejecer es convertirse en un faro olvidado, pero un faro al fin y al cabo que, con su luz parpadeante y apenas perceptible, aún puede guiar a quien se atreva a mirarlo.

Por tanto, no te olvides de mí porque sí, sigo aquí. No dejes que el polvo cubra la historia de mi vida, que el silencio ahogue mis palabras, porque no soy una sombra ni un despojo, sino raíz; soy la tierra sobre la que has crecido y el suelo sobre el que madurarás. Ven a mí, no temas, toma mis arrugadas manos curtidas en las fraguas de mil infiernos, escucha lo que tengo que decir porque hay una sabiduría invaluable en mis palabras, hay un amor infinito en mi cansada mirada, hay vida en cada uno de los respiros que aún tengo que exhalar. No me dejes solo en esta recta final, porque también tú, si tienes esa suerte, llegarás algún día a este momento, a este lugar, y querrás que alguien te tienda la mano, que alguien te arrope con su abrigo, que alguien te mime con amor, con ese amor que te mereces, con ese amor que me merezco, con ese amor que, en definitiva, ha movido, mueve y siempre moverá este cruel y despiadado mundo que entre todos debemos mejorar.

Cuídame porque sigo aquí, no como una carga, sino como un regalo que algún día ya no tendrás. Cuídame y pregúntame cómo fue el mundo antes de que abrieras por primera vez los ojos; deja que te cuente los errores que no debes repetir así como los sueños que aún puedes cumplir. Recuerda que ya he recorrido el camino que se pierde tras tus pasos; recuerda que puedes valerte de mi ejemplo, de mis acciones, de mis aciertos y errores porque sigo aquí y aún puedo acompañarte en tu continuo peregrinaje. Aprovecha mi presencia, porque soy el puente entre lo que fue y lo que será. No me abandones en un polvoriento rincón, no me conviertas en un eco que se pierde en la inmensidad, porque mi vejez no es el final de la vida; es su culminación, su canto más delicado, su verdad más profunda y sincera. Así que alza la vista y mírame. Aquí estoy, sigo aquí, con mis arrugas, canas y heridas, con mis lecciones y mi amor. No me olvides, porque soy el tiempo que te dio forma, y aún tengo, antes de que el saldo de mi tiempo llegue a cero, mucho que ofrecer, mucho que ofrecerte, mucho que decir, mucho que dar.

Así que aquí seguiré, hasta que mis piernas digan basta, hasta que mi cuerpo suplique reposo, hasta que mi mente reclame silencio. Aquí seguiré, hasta que mis pasos dejen de dibujar mis días, hasta que mi latido apenas sea un susurro, hasta que mis cansados ojos dejen de brillar. Aquí seguiré, seduciendo a la vida hasta mi último aliento, bailando con ella hasta mi último suspiro, hasta que las fuerzas que sostienen mi cuerpo marchito se extingan como el fuego de una hoguera ardiendo en la nieve: lentamente, silenciosamente, pausadamente. Aquí seguiré, hasta esa parada final que me obligue a apearme en esa última estación que tanto temeré, hasta que el último grano de arena del reloj que ha marcado el compás de mis días se haya fundido para siempre con el tiempo y el espacio. Aquí seguiré, siempre pendiente de tus pasos, esos que un día me dieron la vida, esos que un día me dieron el mundo, al abrigo del silencio que supone amarte, en la espera de un instante que está por llegar. Y aquí seguiré, hasta que la muerte eleve su bandera de triunfo sobre mi cabeza, abrazándome cálidamente en el camino de regreso a casa, arrullándome entre sus brazos mientras me canta su canción de bienvenida a mi nueva vida, y entonces... entonces ya no estaré, y el indolente tiempo pasará, y ya no me recordarás, pero yo siempre lo haré, desde un nuevo traje, desde una nueva piel, en algún rincón de la mente, en algún lugar de tu ser, siempre te acompañaré. Búscame y allí estaré, escondido en tu memoria, acurrucado en tu regazo, a través de los abismos del tiempo, a través de las brumas del espacio. Allí estarás, allí estaré, ahora, siempre, bajo la luz de un nuevo sol, frente al canto de un calmado amanecer, sobre los esponjosos campos de trigo. Allí, allí te esperaré, desde allí te cuidaré, desde allí te sonreiré, desde allí te amaré. Y algún día, espero muy lejano, volveremos a abrazarnos, volveremos a encontrarnos, allí, aquí, en nuestro nuevo mundo, en nuestro nuevo espacio, en este idílico lugar, donde los árboles se visten con un glorioso verde que ahora no puedes imaginar, donde sus ramas brillan bajo la magia de una nueva luz que aún no puedes contemplar. Aquí, en este lugar, donde las aguas son prístinas y frescas, donde la brisa invita a soñar, donde la calma revive el alma y el dolor no tiene lugar. Aquí, donde no existe el miedo, ni la pena pudo anidar. Aquí, donde las estrellas solo brillan para nosotros, donde nuestras eternas y amorosas sonrisas siempre nos harán vibrar. Y aquí, solamente aquí, en este insólito lugar, nos fundiremos nuevamente con la eternidad, olvidando para siempre todo lo que un día nos hizo tanto mal.

Hasta entonces, hasta que esos maravillosos días nos envuelvan con su paz, solamente te pido algo que nunca debes olvidar, que yo, SIGO AQUÍ.

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