Lo social y el gran arte

Bruno Marcos escribe sobre la exposición temporal del Museo del Prado que muestra el retrato pictórico del convulso final del siglo XIX en España

Bruno Marcos
20/07/2024
 Actualizado a 20/07/2024
'Garrote vil' (1894) de Ramón Casas.
'Garrote vil' (1894) de Ramón Casas.

Hace mucho que no se veía una exposición como esta en la que las obras de arte, puestas una detrás de otra, escriben ellas solas el relato de un tiempo. Estoy hablando de las casi trescientas pinturas expuestas en las salas temporales del Museo del Prado pertenecientes a la muestra titulada ‘Arte y transformaciones sociales en España (1885-1910)’ que se podrá visitar hasta el 22 de septiembre en Madrid. 


Muchas de estas piezas permiten observar, además de la maestría técnica y formal, la valentía de los artistas españoles de finales del siglo XIX y principios del XX a la hora de elegir los temas. Frente a la cómoda posibilidad de retratar a la aristocracia y a las clases prominentes, que eran los mejores clientes para un pintor de entonces, estos autores dieron un vuelco total al repertorio sorprendiendo con composiciones que todavía hoy sobrecogen, como ocurre con el gran óleo que muestra la rueda de reconocimiento de un pederasta o con el que nos sitúa en la antesala de un prostíbulo, ambos cuadros de Fillol, o con la pieza de Ramón Casas que enseña una plaza abarrotada por una multitud que espera ver una ejecución pública con garrote vil. Todos ellos cuadros muy grandes que, al ser contemplados en vivo, hacen al espectador sentirse dentro de la escena.


Este puñado de artistas vivieron en la España decadente de la caída definitiva del imperio en el 98 y empezaron a mostrar la España negra que, desde el regeneracionismo, se quería cambiar; fueron la versión pictórica del realismo y del naturalismo; trataron aspectos hasta entonces inéditos como el trabajo industrial, el de la mujer y los niños, la educación, la enfermedad y la medicina, los accidentes laborales, la prostitución, la emigración, la pobreza, la marginación, las huelgas, el anarquismo y las reivindicaciones obreras; sin más antecedentes que se recuerden que aquella obra de Goya con el albañil caído del andamio.

 

Imagen Joaquín Sorolla. ¡Triste herencia! 1899
'¡Triste herencia!' (1899) de Joaquín Sorolla.

Entre todas las magníficas obras dispuestas en las salas, destaca un enorme lienzo de Sorolla, un Sorolla negro que sorprende frente a su cara más conocida como pintor de la luz. Representa el baño en la playa de unos niños tullidos acompañados por un fraile. Los pequeños avanzan hacia la orilla con las muletas hundiéndose en la arena y son retratados con absoluta maestría en pleno esfuerzo por alcanzar el agua con sus anatomías desproporcionadas por la enfermedad y su precario equilibrio. El encuadre y la composición asimilan las innovaciones que estaba aportando la incipiente fotografía, pero además están las texturas, el color, los matices, la pincelada suelta pero precisa que se ancla en el dibujo. La obra está a un paso de entrar en lo terrible si no fuera porque Sorolla, en el último momento, vuelve borrosa la cara del único niño que mira hacia el espectador; parece que se hubiera detenido pensando que, si seguía, acabaría haciendo el retrato de España con una pintura negra de Goya.


Estos cuadros excepcionales pertenecen a una época en la que aún la fotografía no era el gigante de la imagen que fue luego y en la que todavía existía una pintura academicista mientras el mundo se volvía extremadamente convulso. La misma técnica, depurada y solemne, que se había puesto casi noventa años atrás al servicio nada menos que de la Revolución Francesa en los cuadros neoclásicos de David y obras como, por ejemplo, la coronación de Napoleón, se viene aquí, con todo su aparato pictórico, incorporando en algunos casos novedades formales, a servir a la crítica social, elevando lo social, las situaciones atroces que muestra, a categoría de gran arte. 
 

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