
Vale, vale. Dejémoslo más cerca, en 1966, cuando Fernando Rubio nos recuerda que había sido inaugurada. Cuatro años más tarde él acudió, e hizo las fotos, a una visita de los participantes y acompañantes del IV Congreso Nacional de la Abogacía. «Creo que fue la primera o una de las primeras visitas masivas a la cueva».
Los inicios «turísticos » de la Cueva fueron complicados, antes los vecinos hablaban del lugar al que acudían a refugiarse en la guerra cuando sonaban las sirenas por un bombardeo —qué triste que sigan sonando en nuestros días—, también de un buen refugio para el ganado y de unos pioneros que comenzaron a viajar a sus entrañas y disfrutar de un lugar mágico. Tal vez sea buen momento para recordar a gente como Luis del Hoyo, maestro del pueblo, y una especie de primer guía para quien quisiera visitarla.
Pero no solo ¿Cómo olvidar a Onésimo González? Fue uno de los participantes en una de las primeras gestas en materia de espeleología en la Cueva, doce horas en su interior para enlazar la Gran Cascada con el Sifón de la Covona, que es el lugar por el que desagua la gruta. Una gran proeza con medios nada sofisticados.
Para retomar aquellos pasos que condujeron a conocer la belleza de la Cueva de Valporquero es bueno recordar unas palabras del doctor Eguiagaray muchos años antes de abrirse al público. En 1949 ya afirmó: «Las Cuevas de Valporquero superan en belleza natural a todas las conocidas de España y el extranjero».
En ese recorrido tuvo especial protagonismo un grupo de espeleo que encontró en Valporquero su destino ideal: El Grupo Peñalba del Casino de León, habituales en el lugar desde los años 50. Concretamente desde que en 1953 lo creara Fernando Alonso Burón, que no solo de tenis vivían aquellos jóvenes. Al frente de la sección de espeleo estaba un personaje del que se hablaba, y mucho, en lugares como El Pescador, en Felmín (casa Brígida) o en el bar de Dimas en Valporquero. Era El alemán, en realidad Felipe Frick, a quien solía acompañar Teófilo Alonso, un zamorano casado en León y que se lanzó a la montaña como terapia después de verse afectado por una fuga de ácido carbónico en la fábrica de fideos que había montado.
Ellos dos, con Isidoro González, Manuel Riesco, Eduardo Miller —del que se recordaba que estuvo colgado sobre el abismo al apagársele el carburo y al volver la luz respiró pues el abismo era de 10 centímetros— fueron ganando metros a las cueva, haciendo planos y dibujos, hablando del lugar, creando la leyenda de esta Catedral.
Su incuestionable belleza se hizo incluso ‘poesía’ en las definiciones de las salas que hoy se pueden ver: Gran Rotonda: El embrujo del tiempo detenido. Pequeñas maravillas: La fantasía de lo antiguo. Hadas: La eterna canción del agua. Cementerio estalactítico: Corazón de piedra viva. Gran Vía: El vértigo de lo bello. Columna solitaria: Refinado virtuosismo. Maravilla: Un teatro de armonía.
Se pueden buscar muchas definiciones para este lugar, pero hay una frase de un espeleólogo inglés que siempre repite el ya citado Onésimo González: «Existen cuevas más grandes y más pequeñas, muy bonitas en formaciones, pero cueva que conlleva tanta grandiosidad y belleza, de las muchas que yo conozco, solo existe la de Valporquero».