Hace ya unos ‘añicos’, mi amigo Dani y un servidor fueron a ver las ruinas de Arrabalde, en el norte de la provincia de Zamora. Fue un lunes, no se me olvida, de agosto, de los agostos que te asan y en los que llegas a perder el conocimiento por la calor... Arrabalde discute con Lancia ser el último bastión de la resistencia de los Astures contra Roma. Uno, que tiene raíces zamoranas directas, no se quiere pronunciar en la pendencia, por aquello de, primero, no tenerlo claro y, segundo, porque como dice Candi, soy de «extremo centro» y quiero quedar bien con todos. El asunto es que la tribu astur que traicionó a las suyos (y abrió la puerta a la victoria imperialista), estaba asentada en las tierras de Benavente; esto está demostrado por los escritos de Tito Livio y de Plinio, no sé, ahora, si el Joven o el Viejo. Si miras cualquier mapa de León y de Zamora, te das cuenta que Arrabalde queda cerquísima de Benavente y que Lancia queda en casa dios, comidas y bebida... El caso es que en Arrabalde se encontraron montones de restos romanos: dinero y joyas, que actualmente se encuentran en el museo provincial de Zamora y que se llaman, ¡cómo no!, «él tesoro de Arrabalde». Pues allí aparecimos los dos en un Golf de los que usaba Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín, sin aire acondicionado y andando por unas carreteras que sólo tenían el nombre de cierto, porque eran auténticos caminos de cabras. Al llegar vimos un páramo desierto, como atacado por una bomba de las gordas de lo desolado que estaba. Por supuesto, no vimos nada que mereciera la pena, y después de haber gastado un carrete de fotos inútilmente, de sudar como un islandés tomando el sol en Marbella y de acabar con las dos botellas de agua que llevábamos, emprendimos la retirada como si fuésemos gallinas huyendo del zorro. Bajamos hasta el pueblo a todo lo que daba el cochecito de si y buscamos (y encontramos), después de un buen rato, un bar.
Pedimos dos tercios de Mahou y.…, estaban calientes: nos sentaron como una patada en los mismísimos y yo creo que Daniel empezó a fibrilar del disgusto. Como uno es, creo, un hombre de recursos, le dije: «No te preocupes; vamos a Coomonte, el pueblo de Carmen, que queda al lado. Malo será que ella no nos invite a una birra como Dios manda en su casa o en el bar». Así lo hicimos, y en nada y menos estábamos ya en Coomonte, un pueblón desangelado pero rico; más que nada, sacamos la conclusión porque los tractores que había por la calle eran el doble de grandes que los de mi pueblo. Llamamos a la interfecta y al minuto estaba con nosotros. Fuimos al bar y se nos abrieron los cielos: estaba lleno de gente, con una barra enorme y unos frigoríficos que presagiaban cerveza helada. El camarero, grande como un castillo y con cara de buena gente, nos sirvió dos cañones junto con una tapa gigantesca de embutido y queso. Nos reconciliamos con el mundo y con demonio en ese mismo instante. Pedimos otras dos rondas, tal era el secaño que traíamos, y ambas fueron igual de satisfactorias. Tanto que Daniel estuvo a punto de pedir asilo político en Coomonte...; luego, al marchar, invitamos a Carmen a comer, pero no pudo porque tenía lío en casa. El caso es que acabamos con nuestros huesos en el restaurante Los Ángeles, ya en la provincia de León. Nos sentaron en una mesa y vi, tres o cuatro más al fondo, a Alberto, el dueño de La Gitana. Me levanté, lo saludé y le deseé buen provecho, como se merece tal señor en cualquier circunstancia. Volviendo a mi nido, escuché voces en la barra y, ¡claro!, miré; lo que vi fue como una pesadilla: Fernandón ‘cabeza buque’, Paquito Arias (dos de Vegas con todo el pedigrí posible), y, acompañándolos, un albañil de Pobladura de Pelayo García que construyó, en los noventa del pasado siglo y en la primera del XXI, lo que quiso y más en mi pueblo y alrededores. Después de intentar, por todos los medios, que nos pagasen la jala y no conseguirlo, volví a mi lugar y lo primero que se me ocurrió decirle a Daniel fue: «imagínate que, en vez de ti, uno estuviese con una señora puta o con una jovencita de buen ver y mejor estar: lo que daría que hablar»... A lo que me contestó: «Ladran, luego cabalgamos». Y yo añadí: «Qué hablen de ti, aunque sea mal».
Salud y anarquía.