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El artista y los modelos

16/03/2025
 Actualizado a 16/03/2025
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Entrar al taller de un artista es lo más parecido a atravesar una puerta mágica. Cambia la lógica. Caben éste y otros muchos mundos más. Como en cualquier hogar, ser el intruso, con suerte el invitado, tiene algo de violar la intimidad, porque vas a examinar los botes de champús y los cortaúñas del baño, pero en los reinos de un creador el observado eres tú: todo lo que ves ya estaba pensado. En el taller de Amancio, en Lorenzana, te miran esos personajes que le ha arrancado a la madera y que nunca sabes si te transmiten fuerza o derrota, algunos más perdidos y otros más centrados, los mejores soldados que podríamos aportar al futuro gran ejército europeo. En el de José Antonio Santocildes, en Carrizo de la Ribera, los árboles de la ribera del Órbigo se retuercen con otra gravedad, los años crecen en centímetros y la luz encuentra nuevos filtros.

En el taller de Tomás Bañuelos, en Fabero, te sale al paso nada más y nada menos que Cristóbal Colón, exactamente el mismo que hay frente a la embajada española de Londres y que descerebrados suelen pintar cada 12 de octubre para protestar contra la invasión española de América. Está en la entrada, mirando hacia los Ancares, sin darse importancia, como otro minero varado, con la carta de navegación y el astrolabio a los pies. Dentro, tienes la sensación de interrumpir una reunión, rodeado por figuras de todas las formas y tamaños que salieron la imaginación de Tomás Bañuelos y ahora son seres de fibra de vidrio, resina de poliéster, barro, bronce... Los hay reconocibles, que te dejan la sensación de ser viejos conocidos, como si te sonaran de vista, y los hay que te inquietan porque no los habías visto en tu vida pero tienen una estremecedora naturalidad en la mirada. Los hay como guardando cola, otros castigados, unos cubiertos de polvo aunque sean niños y otros relucientes aunque sean ancianos. 

Entre la multitud de personajes inventados hay obras, que parecen poco menos que descartes pero que desearían algunos coleccionistas, de lo que fue la escenografía de ‘El artista y la modelo’, película de Fernando Trueba de la que, con perdón y pese a los premios, lo único que se salvaba eran las esculturas, los bocetos y las pinturas que hizo Bañuelos. En los altos, hay también una pieza que resulta absolutamente genial: la figura de un artista más o menos leonés, más o menos conocido hecha por encargo y a la que, en una lúcida intervención que aúna arte y justicia, le han tapado la cabeza con un caldero. La escultura más emocionante del taller, en la que hasta los pliegues de las telas transmiten ternura, representa al padre y a la abuela del artista sentados en una sofá, haciéndose compañía, queriéndose sin la necesidad de contárselo a nadie. 

Entre todos aquellos personajes yo me encontré a dos personas de carne y hueso que estaban haciendo el molde para fundir después la gran escultura dedicada a Vicente Díaz, el que fuera durante décadas alcalde socialista de Peranzanes, en el valle de Fornela, y que dejó su vida, literalmente, en el ayuntamiento desde el que peleó incansablemente por sus vecinos, sin importarle bandos, ni siquiera partidos, solo el futuro de su tierra. Bañuelos lo retrató sentado y pegado a un teléfono móvil, como estaba siempre, pero con un asiento libre al lado que, ahora, invita eternamente a la conversación. 

Hoy mismo los socialistas leoneses, algunos de los cuales el pasado verano le rindieron homenaje, libran su particular juego de las sillas en el desenlace de un insoportable culebrón sólo apto para políticos, periodistas, trepas y masocas. Si algo le apuesto, a cualquiera, es que no va a quedar ningún asiento libre. Tampoco parece que quieran demasiada conversación con los vecinos para que les anden contando sus problemas de siempre. No aprendieron nada, ninguno, del ejemplo del fornelo. Nunca merecerían una escultura de Bañuelos.

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