Escribo al lado de una chimenea en Villamañán. Una antigua artesa de matanza se consume dentro en un baile hipnótico mientras a mí se me calientan los pies. Llegarán las bombas de calor, los hilos radiantes y las aerotermias, pero nada podrá jamás sustituir la fascinación de mirar el fuego.
Basta montar una barbacoa para comprobar hasta qué punto nos atrae contemplar las llamas, apreciar el rojo de una piña incandescente, dejarse hipnotizar por el brillo de las ascuas casi blancas. De las primeras hogueras paleolíticas al motor de explosión de la Fórmula 1, el ser humano ha estado acompañado por la mágica reacción entre combustible y comburente. Todavía hoy, decenas de milenios más tarde, seguimos cautivados por la lumbre, salvaje o domesticada, destructiva o limpiadora.
En la casa antigua del abuelo Pepe teníamos también una chimenea. No de ésas cerradas con cristal, como hay ahora, sino abierta, con sus trébedes para calentar el café y sus instrumentos para atizar y quitar las cenizas. Un día, cuando yo debía tener dos años y mi hermano uno, estábamos jugando en la cocina mientras quedaba todavía algún rescoldo en el hogar. Yo no recuerdo nada y las versiones se contradicen: o bien él tropezó y cayó con las manos en las brasas, o bien yo le empujé. El caso es que el pobre se quemó los dedos y hay algunas fotos, bien pequeño él, con las manos vendadas. Lo que sí recuerdo es la vez en que estaba jugando al dominó con el abuelo, perdí, me enfadé y tiré una pieza a la lumbre, el cuatro-tres, si no recuerdo mal, que medio se derritió y adquirió una forma grotesca que la hizo identificable, después de ser rescatada por mi tía María Luisa.
Mucho después, ya en León, la que hoy sigue siendo mi casa aquí venía con, oh maravillosa idea, una caldera de carbón, con la cual funcionaba la calefacción. Aquello no tardó en demostrarse completamente obsoleto, pero antes de las onerosas obras de modificación, pudimos disfrutar de las maravillas de ver arder aquellas piedras negras a través de una mirilla metálica. Las escorias que dejaba aquel sucísimo proceso eran luego recicladas como montañitas en los belenes navideños, pero nada podía compensar el coñazo de ir a la carbonera y echar el lignito barato, para luego barrer y limpiarlo todo. Todavía sospecho que todo correspondía a un pufo de un empresario minero cuyo nombre ya se imaginan y no hace falta reproducir aquí.
Apenas un tronco resiste, bañado por alguna fogarada esporádica. Afuera llueve y el mundo sigue su curso salvaje. Pero aquí, al menos, hay un fuego.