05/04/2025
 Actualizado a 05/04/2025
Guardar

El golpecito en el hombro, puchero resiliente a modo de boca, vestido siempre de traje; pulcro, corbata negra, nada de color. La sonrisa tímida, no vaya a capturarla la cámara en un día tan gris a pesar del sol. El dolor impostado. La perfecta ironía del mundo actual.  

Me parece que nos han vaciado las palabras, que las han despojado de sentido. Que nos han robado algo más que el dinero; no sé si el alma. Que han hecho de dar el pésame, de esa frase tan preciosa que te «acompaña en el sentimiento», un mero protocolo. Una tristeza forzada que posa mezquina para esa foto en la que el pueblo sale siempre de fondo. 

De un bando y de otro se lamentan. Se dan las condolencias sin tintes azules o rojos que les tiñan las ganas de figurar, haciendo gala de su fuerte abrazo de transversalidad. La abanderan en la aprobación de la Ley ELA, en la manifestación por el futuro de León. La hacen ondear en una tragedia que no es suya. Se quieren apropiar de esa tragedia.

Metamorfosean a su gusto entre una cosa y la otra. Son pueblo para pasearse por las calles protestando por las cifras demográficas, pero políticos para no pronunciarse –o pronunciarse sin pronunciarse– sobre la dotación económica de una ley. Son pueblo para llorar la muerte de unos vecinos que no conocen de nada en una mina que antaño sirviera como fuente de hulla, y políticos para rehuir el debate que atañe a la (no) llegada al centro del histórico tren que fue el Hullero. Son pueblo cuando se quieren, cuando fingen quererse y querernos a todos los demás, y políticos cuando se odian, cuando compiten, cuando lo que quieren de nosotros no son más que nuestros votos. 

Y yo, asomada desde la reconfortante parcela que es la grata bonhomía cultural, me siento mal por no ser útil. Y ellos, acostumbrados a protocolos inservibles, sacan lustre impasibles a su inutilidad. Y los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres. Y a los mineros les sigue matando la mina y a los políticos les sigue alcanzando la política para vivir muy bien.

Y a nosotros nos han dado un circo malo, pero nada de pan. Lo cantaba Gata Cattana. Lo rapeaba iracunda antes de fallecer joven, en una suerte del destino que le hizo dejar de percibir el olor a naftalina de una carpa enorme y sudorosa manejada por gentes que se han olvidado de los escrúpulos.

Lo más leído