Imel tiene 23 años y un hijo pequeño. Vende leche de coco y maíz frito en el mercado. Es viuda y hoy vuelve a casarse. Las mujeres de la tribu preparan el convite con arroz y pimientos, que representan pasión y armonía. Después los novios comparten un trono, simbolizando que son cuerpo y alma y todo se decide juntos. Esa es la base de la sociedad de los Minangkabau, a pesar de estar en tierra islámica. Un matriarcado donde se reparten poder y funciones sociales, viviendo en igualdad, según su proverbio «cruzando la leña en el hogar, el fuego arde mejor».
La aldea Umoja, en Kenia, nació como un refugio para mujeres sin hogar y acabó siendo una comunidad donde los hombres están vetados. Mujeres huyendo de malos tratos, abusos, mutilación genital o matrimonios infantiles. Cuenta Sitiyan, una de sus habitantes, que huyó del maltrato de su marido y regresó a su pueblo natal, pero el ganado usado como dote, que garantizaba su matrimonio, había sido robado y sus padres la enviaron de vuelta con su marido. Así acabó en Umoja –que significa unidad– la aldea fundada por Rebecca Lolosoli en 1990. Un poblado que actualmente tiene cuarenta familias, mujeres y niños, sobreviviendo con los ingresos aportados por un camping y la venta de joyas que ellas mismas hacen. Un refugio contra la violencia de todo tipo, que representa el feminismo africano.
Malala, la joven activista pakistaní, convertida en icono por su empeño en buscar justicia e igualdad cuando debería estar jugando. Todos recordamos el ataque que sufrió en el 2012, camino de la escuela, cuando un hombre intentó silenciarla para siempre. Y la vimos remontar el vuelo como el Ave Fénix, recibir el Premio Nobel de la Paz con tan solo 16 años y fundar su propia organización, para garantizar que todas las niñas tengan acceso a la educación.
Frida Kahlo, pintora mexicana que, con un pincel y la rebeldía como armas, hizo su propia revolución y supo suplir sus facultades físicas mermadas, con la inteligencia que le sobraba. Un símbolo de amor a su tierra, a su cultura y raíces mestizas, pintándose a sí misma con el traje de tehuana. Frida fue por libre. A pesar de ser maestra en transmitir fortaleza, sus penas y dolores también mancharon algunos de sus retratos.
Así, saltando de continente en continente, florecen mujeres que, intentando curar alguna grieta, consiguieron un poder y prestigio que nunca buscaron. Mujeres como Lorena Ramírez, la atleta de Chihuahua que gana medallas de oro compitiendo en maratones con falda amplia, blusas étnicas y calzada con los huaraches que ella misma se hace. Sus pistas de entrenamiento son valles, caminos y montes de la Sierra Tarahumara, que recorre cada día. Su dieta son tortillas de harina, frijoles y patatas y solo si corre sobre cemento, utiliza calzado deportivo, porque sus pies solo se entienden con la tierra. Lorena nunca fue a la escuela y apenas habla, pero es una lección de vida, de lo que se puede conseguir sin nada.
Como cada 8 de marzo, se repiten las dudas sobre el origen de esta celebración, achacándolo a diferentes manifestaciones femeninas, de distintos lugares y fechas. Revueltas en las que unas hablaban de maternidad, otras de derechos laborales, de malos tratos, de educación o sufragio. Dicen que las trabajadoras textiles de Petrogrado, hartas de hacer jornadas maratonianas sin poder cuidar a sus hijos y pasar hambre, porque los hombres estaban en el frente, salieron a la calle gritando pan. Sólo pan. Y regresa la historia del incendio en la fábrica textil en la que murieron 123 mujeres, con las puertas cerradas, dejando en evidencia las malas condiciones de trabajo, hasta que se evaporaron los motivos laborales y el día de la mujer trabajadora pasó a ser el Día de la Mujer. Cualquier mujer con sus sueños, problemas, éxitos y grietas.
Está Imel, la joven islámica a punto de casarse para compartir todo con su marido porque en su matriarcado «cruzando la leña en el hogar, el fuego arde mejor». Y está Sitiyan, la mujer de Kenia que sus padres devolvieron a un marido maltratador por no tener ya la dote, y acabó refugiada en Umoja, al amparo de Rebeca, en tierras africanas. Y en Pakistán, está Malala con sus heridas curadas y su lucha por la educación femenina. Está la rebeldía, inteligencia y libertad de Frida, junto a la timidez de Lorena, la indígena que nunca fue a la escuela y apenas habla. La que gana medallas, casi descalza. Y ahí están nuestras madres, matriarcas sin proponérselo, siendo pilar de la tribu, los muros que nos abrazaban y el techo que nos cubría. La puerta que nos amparaba del exterior y las ventanas por las que descubrimos el mundo. También fueron atletas en la tierra. Poetas de palabras justas que pintaban la vida al cruzarla. Costureras de puerta cerrada y fuego del que solo calienta. Cosían sus grietas y las nuestras y nunca pidieron nada. Pero de haberlo hecho, seguro que, como las mujeres de Petrogrado, gritarían «pan», pensando en nosotros. Nunca en ellas.