Desde que tengo uso de razón –a la sazón y dicho sea de paso cada vez más deteriorada por el avance imparable de la edad– siempre se ha hablado de «crisis», etimológicamente palabra procedente del griego krino que significa «cruce de caminos». De modo que cuando afirmo «estoy en crisis» digo estar inmerso en una encrucijada. Tanto la crisis política, como la religiosa o la psicológica se pueden definir de muchas maneras. Mas, existe, en mi opinión, una palabra que sintetiza todo el significado: un ‘desequilibrio’ entre un antes y un después.
Como ha ocurrido tantas veces en la historia, la reacción ciudadana ante la crisis, sus traumas y consecuencias, no ha supuesto dar un giro político hacia a la izquierda, sino más bien todo lo contrario. Ha supuesto un retroceso hacia posiciones reaccionarias de corte nacionalista, entre derecha y ultraderecha, ambas en el fondo autoritarias en lo político y ultraliberales en lo económico. Son exponentes claros de ello, actual y preocupantemente: el repetido triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, Bolsonaro (Brasil), Salvini y Meloni (Italia), Netanyahu (Israel), Orbán (Hungría), Wilders (Holanda), Milei (Argentina) y Putin (Rusia), además del avance de Le Pen en Francia y de Alternativa para Alemania (AfD) entre los germanos. En España tenemos el apoyo al ultra Santiago Abascal, patriarca de Vox y prendado de Trump mano en el corazón; e Isabel Ayuso, adscrita al PP y cabeza de la Comunidad de Madrid, moza resoluta y gustosa de la fruta.
Por su parte, la izquierda social y política se ha mostrado, hasta hoy, incapaz de articular una alternativa válida para frenar esa peligrosa deriva hacia la derecha más extrema y levantar un proyecto social y democrático entre los actuales retos. La socialdemocracia y la izquierda en general europea no pasan por su mejor momento. La derrota del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en las últimas elecciones, es un ejemplo de ello. En Italia la izquierda sigue sin levantar la cabeza. En Grecia ha sido desplazada del poder. Y el laborismo en Inglaterra ha sufrido recientemente una severa derrota. Solamente en Portugal –aunque habrá que ver lo que sucederá en los próximos comicios– y en España la izquierda del PSOE bascula en la cuerda del gobierno, pero a base de vaivenes en cesiones y concesiones. La debilidad de la izquierda obedece, sin duda, a múltiples causas, algunas de las cuales vienen de lejos y otras son más recientes. De acuerdo con Nicolás Sartorius: «Lo más determinante es que la izquierda no tiene hoy un discurso, programa o estrategia que claramente englobe y articule una solución a las principales contradicciones en los espacios nacionales, europeos o mundiales en que los distintos retos se plantean. Una estrategia que necesita una política de alianzas sociales y políticas, en el seno de la Unión Europea y también a nivel global» (vid. ‘La democracia expansiva o cómo ir superando el capitalismo’, Anagrama, Barcelona, 2024). Esto es, conseguir una hipotética integración prometedora que resucite, mutatis mutandis, la vieja y desaparecida II Internacional obrera –disuelta fulminantemente en 1940 al inicio de la II Guerra Mundial– y con ello conglutinar a la inmensa mayoría de los trabajadores del mundo contra las desavenencias políticas entre los países más poderosos.
Vigente está –no alcanzo a saber si plena de conjunción y vigor– una Unión Europea de 27 países. Pero, ¿toda ella sobrevivirá sólidamente unificada o se disolverá como un azucarillo en el café, tal como aconteció infelizmente con la referida II Internacional ante la reacción vindicativa y arrolladora de la Alemania nazi en 1939? Solo Dios lo sabe, si en verdad existe, y el futuro lo dirá.