Habíamos salido de León en un tren que presumía de alcanzar alta velocidad y prometía dejarnos en sólo cuatro horas y media en Valencia, pero tres horas después ni siquiera habíamos llegado a Palencia. Por los altavoces dijeron que la catenaria se había quedado sin tensión, lo cual no nos aporta demasiado a los que no somos ni ferroviarios ni electricistas, pero por suerte mi hijo me lo resumió con la clarividencia de sus tres años: «Papá, el tren no tiene batería pero la tablet sí». Y menos mal. Allí quedamos, en el mar de Castilla, que es como decir en mitad de la nada, rodeados por campos en los que una inmesidad de brotes verdes primero parecía que anunciaban la primavera y después el apocalipsis.
No pensaba escribirlo porque, sumado a mi último episodio en un telesilla, es probable que ya nadie quiera viajar conmigo en ascensor, pero como la verdad es que lo agradecería, ahí va: el anuncio por los altavoces supuso el primer ¡zas! en la bocona de los expertos en tráfico ferroviario, que ya se habían apresurado a anunciar que se trataba sólo una parada técnica para dejar pasar a otro tren que circulaba en otro sentido porque entre Palencia y León no hay doble vía. No hay doble de nada, en general. Más bien la mitad. El debate pasó entonces a la responsabilidad de aquella impertinente parada. Cuando llegue la hora de publicar la esquela del ministro Óscar Puente, que no es que quiera yo que sea pronto, resultará imposible que quepan tantos de sus parientes como se nombraron solo en mi vagón. A Pedro Sánchez también le tocó, claro. Y a Ábalos. Y por supuesto a Jessica, de la que en cambio nadie se acordó en este 8-M.
Las conversaciones giraban en tonro a que Renfe es sólo un operador sin nada que ver (momento en el que a todos nos llegó un mensaje de Renfe pidiendo discupas por la «incidencia»), que Talgo es sólo una marca de trenes (momento en el que se apagaron también todas las luces de emergencia del nuestro, coincidiendo justamente con el oscurecer) y que la infraestructura es de Adif (momento en el que ya nadie escuchaba porque casi todo el mundo se había ido al bar). Sin exagerar, escuché una docena de veces la misma conversación: que estamos parados, que no me esperes, que no sé cuándo llegaré. Pero no después de las tres horas que terminó durando la «incidencia» de los cojones, sino a los cinco minutos: hay que ver lo que ajusta sus horarios el personal.
El autonombrado portavoz de los afectados, que en lo poco que duró nuestro feliz viaje ya había venido explicándonos a todos cómo se hace una factura para que el IVA lo pague sólo el Incibe (aunque no nos interesasen ni el IVA ni el Incibe ni por supuesto su conversación) llamó al 112 diciendo que la avería estaba provocada por una caída de la tensión (claramente le estaba subiendo a él), que la gente se estaba poniendo cada vez más nerviosa (claramente el más nervioso era él) y que tenían que venir a rescartarnos. Una patrulla de la Guardia Civil pululaba por los trigales como una avutarda benemérita.
Apareció Marta del Riego, ‘Hostia, la escritora’, que lo tomaba con calma porque lleva unas cuantas semanas viviendo en los trenes, por la promoción de su maravillosa novela ‘Cordillera’. Veo que la cosa se caldea y, visto que no podía alejarme de León y de su pegajosa actualidad como tanto ansiaba, decido escribir un texto que mando al periódico y que, al poco, ya circula por los teléfonos de mis compañeros de vagón. «¿Cómo se habrán enterado?», escucho que pregunta alguien a mi alrededor. «Son unos linces», respondo. Las escenas de canibalismo sin duda hubiesen llegado al agotarse las baterías de los teléfonos (sobre todo la de la tablet de mi hijo). El caso es que la luz, la tensión o lo que fuera volvió de una puta vez y, también, volvieron todos los que habían estado en el bar, un tanto alegres, desinhibidos, motivados. La sensación fue de pasar de la oscuridad de un convento a una discoteca en la cresta de la madrugada así que, en ese momento, tienes tantas ganas de llegar a tu destino que 300 kilómetros por hora te parece ir pisando huevos.
Valencia nos recibe con otro mensaje en el teléfono. Por lo que sea ahora la Generalitat manda alertas en cuanto se nubla un poco y los pronósticos anunciaban una mascletá y una manifestación contra Mazón, que no son exactamente lo mismo aunque se parezcan. ‘Intifalla’ lo llaman. Me entero de que Mazón es fruto de las luchas de poder en el PP valenciano, esa zona cero de la corrupción, de la pelea entre los bandos de Camps y Zaplana, una temeraria solución salomónica. La miseria de un político se mide por lo que es capaz de bajar el nivel para garantizarse la lealtad, y por lo general para eso tampoco tienen escrúpulos. Puf, prefiero centrarme en el arroz.
Por puro vicio, sí, porque la culpa es mía, leo la prensa local. El primer titular que me encuentro habla de primarias en el PSOE valenciano. ¡Joder, qué chapa! También tiran tracas. También arden las redes. Pienso, qué cosas, en que el leonesismo genera más clics y el socialismo más comentarios. Algún experto en SEO o algún sociólogo, si es que no son ya lo mismo, seguramente lo podría explicar. Que el PP lo que genera por aquí son más votos no necesita mucha explicación. El resumen es que sus peleas internas parece que sólo les interesan a ellos, dan pereza extrema, pero sus graves consecuencias nos afectan a todos, como por ejemplo tener que proteger ahora a los valencianos de Mazón y no viceversa. Por suerte descubro un nuevo género periodístico que me fascina: crónicas de petardos. Resulta que se pueden llenar páginas hablando de las explosiones que tanto me han detestado siempre pero, bueno, también detesto los toros y en cambio admiro a los cronistas taurinos. «Apoteósico final, sobre todo el eterno bombardeo aéreo. Triunfante, con efectos que dieron aún más brillo a la composición pirotécnica e incluyeron el siempre rítmico disparo digital, talentosa mezcla de tradición y vanguardia». Flipa. «Truenos, serpentinas y silbatos han abierto fuego para dar paso a una fase con cráter y relámpagos. Luego ha ido en aumento para alcanzar el terremoto también con silbatos. El bombardeo final ha estallado en cuatro fases con pirotecnia pura y secuencias digitales que han sonado a distintos ritmos para cerrar con truenos». El género del periodismo pirotécnico, la sucesión de titulares que iban algo así como estallando, me recordó, obviamente y a mi pesar, a la mascletá del PSOE leonés, ese culebrón andante. Igual soy yo, que acabo de aprender a diferenciar el ruido de los petardos. Verás el tren de vuelta.