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David Uclés, el gran viaje literario llega a León

17/03/2025
 Actualizado a 17/03/2025
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Cuando me encontré con David Uclés, allá por el mes de mayo, su novela (‘La península de las casas vacías’, Siruela) sólo estaba comenzando el gran viaje literario. Tampoco el autor, de natural tímido, era por aquellas fechas alguien muy conocido. Quizás ni siquiera sospechaba el ascenso meteórico que se iba a producir en su carrera. O tal vez sí. Porque Uclés puede ser un tipo tímido, acostumbrado a rodearse del delicado envoltorio de sus canciones (cantaba en las calles de Compostela, donde casi empezó todo), pero, como me confesó, también es un tipo ambicioso. Ambicioso literariamente, quiero decir. Me di cuenta de que confiaba mucho en la historia monumental que acababa de componer con la paciencia de un orfebre (rellenando cuadernos y cuadernos con mil detalles), y ello a pesar de las peculiaridades del estilo, y, si se quiere, del atrevimiento que supone contar la Guerra Civil desde una mirada más propia del realismo mágico.

Uclés se presentó con su gorra un tanto irlandesa y un inevitable aire bohemio, con barba tal vez de trovador. La escena sucedió a bastantes kilómetros de aquí. La publicación de este libro suponía sin duda un logro extraordinario, sobre todo después de coronar una empresa mastodóntica, que le había llevado casi por toda España, para reconocer ‘in situ’ las huellas de la Historia. En enero se alzaron voces que declararon su novela como la mejor de 2024. Sé que se sintió un tanto abrumado, pero ya era difícil detener el vértigo del éxito. Desde entonces, el caudal de entusiasmo que genera esta maravillosa novela no deja de desbordarse allá donde va. De nuevo, la vuelta a España. Todos piden a David Uclés que les dedique un instante, que les cuente cómo se gestó ‘La península’. Como es joven («aunque con una arritmia, no te olvides», me dice) parece muy dispuesto a comerse el mundo. El próximo día 20, o sea, dentro de nada, David Uclés estará también en León, en la Sputnik. Yo que usted no me lo perdería. 

No parece que el tremendo oleaje de la fama vaya a cambiar su forma de entender la literatura y la vida. En ‘La península de las casas vacías’, late un homenaje a su familia, a varias generaciones que desgranaron su esfuerzo y construyeron la posibilidad de un futuro, a costa del sudor y la sangre. Me muestra los cuadernos que componía cuando cantaba en las calles de Compostela. Cada miembro de la familia lleva aparejada su historia, sus anécdotas, y así, Uclés fue armando su magia de cerca. «La novela quiere mostrar cómo se mantiene la dignidad a través del tiempo», me dijo entonces. «Y también el orgullo que merece el campo jiennense». 

«Empecé esto con diecinueve años. Viene de muy atrás», me explica. En la conversación, salen a relucir algunas influencias. Todo el realismo mágico, claro, el Salman Rushdie de ‘Hijos de la medianoche’, que reconstruye la independencia de la India en paralelo al nacimiento de Saleem Sinaí. Uclés menciona también a Günter Grass y ‘El tambor de hojalata’. Y, en un momento, acabamos hablando de los territorios inventados («siempre pensé en algo así como un Macondo, claro»), y hasta sale a relucir Celama, y Luis Mateo Díez, y le explico a Uclés qué son los filandones y cómo se tejen esas historias orales que trepan por la espalda de las noches de invierno, y cómo las historias finalmente nos salvan de morir, que me diría Cartarescu. 

Con David Uclés podrías hablar horas, sin detenerte, porque este hombre es de alguna forma un heredero del espíritu de Sherezade. La conversación se enrosca entonces en espiral y sube al cielo del establecimiento (es un lugar hermoso, con un piano que alguien despierta de pronto). La conversación es un animal que nos sobrevuela, es un dragón de fuego, es un pájaro azul. Uclés mima la conversación como quien acaricia el lomo de un gato.

«Nunca me propuse escribir toda la guerra en todas partes…», me contaba Uclés aquella tarde. «Por supuesto, anhelaba esa novela. Deseaba hacerla. Una novela que atravesara el cuerpo de la historia, como esas otras novelas que existen en otros países. Por eso, más tarde, empecé a recorrer la península, a investigar nuestra guerra de cerca. Podía haber publicado esto antes, pero la idea se fue haciendo en mí más y más ambiciosa», me decía. Y entonces le replico que ‘La península’ es una historia de totalidad, una empresa brutal, que se convierte en una gran novela sobre este país. Y seguramente eso explica su enorme éxito. “Sí, eso quería hacer”, me dice. 

«Yo soy muy ambicioso. Y tengo paciencia. Y soy obsesivo. Me gustan los detalles», me va diciendo David, me iba diciendo. «Tenía la ilusión de que el lector, al terminar la historia, se hiciera una idea de lo que puede ser Iberia. Porque bueno, yo soy iberista. Y también tuve en cuenta al lector extranjero, por si lo había, y por eso explico, por ejemplo, lo que es nuestra idea de los bares. Porque, al final, es nuestra idea». Uclés vio entonces cómo la novela se convertía en la gran novela. En el gran viaje literario que sin duda tenía que recorrer. Ahí estaba la historia trágica de Iberia. 

Las etiquetas literarias son peligrosas. Realismo mágico es una etiqueta peligrosa. «Lo sé, lo sé», se apresura a contestarme. «Hemos estado ahí con las etiquetas… pero qué más da». Claro que siempre hay que poner una marca: esto es fantasía, surrealismo, narración onírica, construcción mágica de una generación… «Se parece más a Günter Grass, creo. No tanto a García Márquez, si es que tengo que pronunciarme (risas)».

En 2014 Uclés se instaló en Santiago de Compostela para tener tranquilidad, me dijo, y poder avanzar en el proyecto. En sus cuadernos de aquel año se ve esa frenética actividad imaginativa, notas y detalles por todas partes, en curiosa caligrafía. Su estancia en la ciudad se convirtió para él, sin saberlo, en un pórtico de la gloria futura. Y en esas estamos. «Desde pequeño quise ser pintor. Por eso esta novela es pura imagen. Es muy plástica. Yo funciono así», me explica. «Tuve miedo. Estoy con medicación por mi arritmia… Me preocupa. Estoy controlado, pero he tenido algunos sustos. Así que, vaya, cuando me vi con todo este proyecto… cuando vi que las notas crecían y crecían… Me aparecieron varios miedos atroces, porque creo que eso es también inevitable». 

Hablamos mucho aquel día, más de una hora y media de reloj. No hay sitio aquí para contarlo. Pero leer ‘La península’ les dirá mucho sobre la personalidad de este maravilloso escritor que, quizás, acaben de descubrir. Con lo de la arritmia, nos despedimos hablando de Salvador Sobral, con el que tiene un parecido (y su amor por Portugal). «¡No sabes lo bien que lo imito!», me dijo al irse. Este jueves, en León, sabrán mucho más sobre él.

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