Resulta difícil asomarse a estas líneas privilegiadas, que comparto cada semana con el más ilustre de los vecinos de Redipollos, tras pasar dos mañanas en Villablino contagiado del dolor minero y aturdido por el olor a muerte y desesperación que emana de Cerredo y contamina toda Laciana, rota, rabiada y desconsolada. Se antoja complicado encontrar palabras para formar una opinión digna y respetuosa, cuando acabas de ver cuatro ataúdes –el doble de los que habías visto antes en tu vida– y escribir después sobre lo vivido y lo sentido en un funeral múltiple al que toda una comarca acudió unida, buscando consuelo después de que la minería haya vuelto a matar en León. Responsables habrá, aunque no sabemos si la ley caerá sobre ellos como aseguró una imprudente ministra de Trabajo, esta vez sin aportar ningún dato, pero, más allá de las exigencias políticas a unos representantes públicos que acudieron al velatorio dándose abrazos como si ellos fueran los viudos, lo que queda es el dolor de una madre que no se tiene en pie al ver el féretro de su hijo o la injusticia antinatura de un bebé que no podrá ver nunca a su padre más que en fotos y en los ojos desconsolados de quien lo trajo al mundo junto a un hombre joven que encontró la muerte bajo tierra. Un minero que el domingo tendría la misma pereza que cualquiera de volver al curro el lunes. Un trabajador anónimo para el mundo que al día siguiente dejó de serlo y toda España le puso nombre e incluso rostro.
Es la aleatoriedad de la vida, que le empujó fuera de los límites de la misma antes de tiempo, junto a sus cuatro compañeros, y le puso el antetítulo de don sobre un papel que lo identifica ya como muerto. Un honor, el ser don, que siempre se reservó a curas, maestros, médicos y nobles que la sociedad situaba por encima de los demás tiempo atrás. Al mirar la esquela de cada uno de los mineros, reparé en que todos por igual, seremos dones al final, políticos, mineros y hasta periodistas, de manera que pensaba que cualquier persona nace con el don delante y luego decide con qué rellena el espacio en blanco en el que irá un nombre y la personalidad que evoque el mismo. Así, una vez más, reafirmaba mi rechazo a protocolos absurdos que en vida sitúan a unos por encima de los otros, porque al final lo único que queda es un recuerdo en los demás y a cuántas personas les parecías un don de verdad en vida o cuáles solo creen que lo eres porque te has muerto como un «valiente». Ojalá seamos dones que dejan huella, que «hacen ruido como la pólvora», como dijo una de las huérfanas de Villablino. Dones que ocupan una silla con más alma que cuerpo antes de terminar poniendo caracteres a la esquela.