30/03/2025
 Actualizado a 30/03/2025
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Mauricio Peña, fotógrafo de este periódico, fue reconocido hace días  por su trayectoria laboral con la Insignia de Oro de León, y Fulgencio Fernández, el sábado recibió un merecido homenaje de sus amigos, en el Museo de la Minería de Sabero. Empiezo así la columna como reconocimiento hacia ellos, antes de hablar de la mañana de marzo del 2021 que, aunque ya eran de sobra conocidos sus méritos, solo se subieron al coche Mauri y Ful. Sin apellidos y con el gajo de nombre  que el frote del cariño les ha dejado, para viajar ligeros. Aquel día eran ellos los que buscaban a una mujer a quien  rendir homenaje en este periódico: Aurora.

Recorrimos el Valle del Tuéjar hasta Las Muñecas y continuamos con el coche apuntando hacia arriba, rumbo a Ferreras del Puerto, ese lugar que casi araña el cielo, abrazado por el monte Sobrevilla, La Cobata y Arrodrigo, que lo protegen de todos los vientos. Y aún más arriba, majestuosa, presidiéndolo todo y dominando el mundo, Peñacorada, convirtiendo en pequeño todo lo que existe a su alrededor. Allí esperaba Aurora  envuelta en calma y en una bata malva, con su impecable pelo color nube. Como ya conté hace año y medio, cuando Aurora se nos hizo aire, su recuerdo quedó sentado en el comedor, con el contraluz transformándola en una estampa, narrándonos un pasado pulido por el tiempo que convirtió los picos y aristas de su vida en cantos rodados.  Fue desgranando su vida con aquella calma suya, ensartando palabras con suspiros y silencios, que eran los que más decían. Iba dejándonos su historia sobre la mesa, que acariciaba sin darse cuenta, como si apartara algo, igual que cuando limpiaba lentejas. Ful no hablaba, solo recolectaba la historia de Aurora, esparcida sobre el mantel como una acuarela en la que había una infancia en Ocejo con muchas necesidades. Había montes, rebaños y valles y un amor al otro lado de la collada. Había carbón, inviernos duros, nevadas, ocho hijos y 87 veranos. Dos días más tarde, con motivo del Día de la Mujer, Aurora Tejerina representó a todas las mujeres en este periódico, protagonizando un reportaje que Ful tituló con esas cuatro palabras que por sí solas resumen una vida: «Rompí aguas mientras araba» y Mauri dejó testimonio gráfico de un matrimonio que, hasta para decir algo, uno empezaba la frase y el otro la terminaba. 

Así fue como Vicente protagonizó una entrevista, en principio dedicada al día de la Mujer. Entre aquellos montes donde supones gente ruda y de costumbres viejas, encontramos a un hombre lamentándose por no haber visto a tiempo cuánto trabajaron ellas, sin ser reconocido su esfuerzo. También él hablaba de ocho hijos que nacieron en casa, que eran los mismos hijos y la misma casa. Y del trabajo en la tierra y el ganado, que eran los mismos  que ella había trabajado. Habló de matrimonio y de un amor nacido al otro lado de la collada. Y también eran el mismo amor y la misma collada. La niña pastora venida de Ocejo y el joven minero de Ferreras, después de 68 años de matrimonio solo pueden contar la misma historia, porque son las  dos mitades de una vida. Ya no pueden descoser tanto como han tejido juntos, solo ven el mismo horizonte desde la misma ventana y solo saben caminar de la mano.

Vicente, un hombre tan adelantado a los tiempos que su deseo era dejar escritas las vivencias de su pueblo y consiguió que alguien convirtiera en libro sus recuerdos. También en esas páginas se arrepiente del machismo del que fue testigo y del que formó parte, cargando a las mujeres con el mismo trabajo que un hombre en el campo, añadiendo el cuidado de los hijos y la casa. Y repite una y otra vez, como un lamento, en su libro y en el reportaje que Ful les hizo: «Cómo no nos dimos cuenta...».

Esta semana, a Vicente se le cansó la vida y alzó el vuelo rodeado de hijos y nietos. Pesaba demasiado la ausencia de la mano de Aurora en su mano. Su viaje ha sido tan tranquilo como el de ella, igual de callado y liviano. Esta semana volvieron a repicar las campanas de Ferreras y, en esa iglesia que domina el pueblo desde lo alto, Vicente cantó en su propio funeral a la Madre con la que iba a reunirse aquel día. Hasta San Roque y San Antonio se pusieron celosos por el cántico del que no estaba. Su voz  llenaba la iglesia mientras él sobrevolaba Pico Cerroso, yendo al encuentro del pasado, desviviendo la vida hasta ser niño de nuevo. Ya alcanzó la infancia, corre por las cuestas de Ferreras, coge manzanas en huertas ajenas y conoce a la niña pastora. Ahora, un joven cruza los montes, rumbo a la mina, porque allí para todo había que cruzar la collada. Ya ronda de nuevo  a la que sería su esposa  el día que nació el otoño  de 1957.  Hace días que hay un gran hueco en el valle. A Vicente se le cayó el botón que abrochaba la vida y se fue en busca de Aurora, que con dos puntadas  lo arregla todo.  

Dicen que se les ha visto paseando de la mano, de nuevo.

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