Ahora ya no se distingue al trastornado de quien va conversando con los airpods o similares por la calle. Hubo un momento en que hablar solo en público era una condición vergonzante que hacía que la gente se cambiase de acera y te mirase con gesto de lástima. Yo mismo, en épocas en las que vivía solo y no tenía a nadie con quien charlar, me sorprendí algunas veces departiendo conmigo mismo durante mis paseos. No hace falta irse al final de ‘El secreto de sus ojos’ para descubrir que la plática es una necesidad vital, que más vale discutir o hablar de banalidades que no tener a nadie de interlocutor.
Sin embargo, las costumbres condenan el monólogo exterior como una señal de la enfermedad mental. Lo cual es un círculo vicioso, porque tal vez muchos locos terminen hablando solos debido a que la gente huye de ellos cuando, precisamente, hablan solos.
Pero, de nuevo, la tecnología ha terminado borrando los límites. Esos pequeños auriculares sin cable que le han crecido a las personas en las orejas cambian totalmente la percepción. Vas por ahí y atisbas a lo lejos a alguien, no necesariamente con pinta de preguntarte si has visto a su bebé perdido, que se acerca pegando voces mientras mira al suelo. El sentido de alerta se despierta. Tal vez la gesticulación sea muy marcada, tal vez acompañe las palabras con gestos enfáticos de la mano. Cuidado. Entonces sí, a una distancia prudencial se perciben los pinganillos que sacan al viandante de su entorno y lo trasladan mentalmente a otro, acaso muy lejos, y al que escribe estas palabras a un estado de tranquilidad, de nuevo.
Propongo aprovechar la situación. Puede que usted sea de los míos, de los que, cuando le asalta un recuerdo, verbaliza algún improperio, o una interjección, o repite lo que le respondió a aquella persona que ahora le ocupa la memoria. Seguramente en alguna ocasión haya tenido que bajar la mirada por vergüenza al ser sorprendido en tal trance. Pues bien, no sienta más bochorno e ignominia. Háblese, convérsese, recrimínese o alábese en sus excursiones por las calles. No se corte un pelo. Verá cómo ya no se encuentra con suspicacias ni cambios de acera. Si lo desea, cómprese unas orejeras para disimular o súbase los cuellos de la gabardina para ocultar los pabellones auditivos de las miradas inquisidoras de los transeúntes (que, por otra parte, irán seguramente a lo suyo y le ignorarán en cualquier caso). Y si no lo hace, pruebe. Descubra el placer de dialogar con la persona que mejor le conoce.