23/03/2025
 Actualizado a 23/03/2025
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Hemos cruzado la semana saltando de celebración en celebración y de charco en charco. Aún se estaban serenando las emociones del día del padre, cuando se presentó la primavera en la puerta a las 10:01h de la mañana. Este año, Ciriaco el hojalatero tuvo que poner el toldo al carromato para traerla y, desluciendo el vestido estampado al que nos tenía acostumbrados, traía impermeable y botas de agua. Ya con la primavera acomodada, la poesía y los bosques tiraban del viernes, cada uno para un lado, considerándolo su día. Para que los versos no se derramasen en los charcos, los poetas declamaban en cualquier lugar techado porque la lluvia se adueñó de las calles. Cuando parecía no haber horas suficientes para tanto festejo, a uno se le ocurre si padre, poesía y bosque no podrían ser la misma fiesta. Ya nos dijo Galeano en su cuento ‘Abuelos’ que, para muchos pueblos del África negra, los antepasados son los espíritus que viven en el árbol que crece junto a tu casa, o en la vaca que pasta en el campo. Y el bisabuelo de tu tatarabuelo puede ser aquel arroyo que serpentea en la montaña... Quizá estemos separando la celebración del padre y del Día Internacional de los Bosques sin que sea necesario hacerlo. 

Este año, han elegido como tema ‘Bosques y alimentos’, reconociendo la importancia y el papel que desempeña en nuestra alimentación ese tercio de la superficie terrestre cubierta de árboles, que no solo proporcionan madera. Son fuentes de energía y otros combustibles necesarios para el humano. Se necesitan para tener asegurado el alimento porque son morada del 80% de especies vegetales y animales del planeta y no podría haber agricultura sin ellos. Son los pulmones del mundo, fábricas de oxígeno que enriquecen los suelos, purifican las aguas, equilibran el clima y regulan la temperatura. Almacenes naturales de vida, abrigo, morada de nidos y cuevas, despensa con caminos de tierra y asfalto hasta nuestras mesas y la brisa que baja las laderas y nos mueve las cortinas. 

Quizás, de forma metafórica, el bosque sí ejerza el papel de padre protector, del que a veces abusamos sin que proteste, el que lo da todo sin pedir nada, sin ser conscientes de que el vaso de agua que tomamos, la mecedora de la abuela y la compota de arándanos, llegaron por los caminos que lo cosen al mundo. La lana que nos abriga pastó en sus praderas y la botica de la madre brotó entre sus matas. En él nacen los potajes, el abrigo, el cesto y los troncos de la lumbre. Cuando un nieto solo era anuncio, a los abuelos primerizos se les arqueaban los labios y pronto aparecía una cuna que duraba generaciones. Los escaños, taburetes y el arcón del pan fueron regalo del monte y del buen hacer de manos viejas, que no solo se servían de sus árboles, también los custodiaban y replantaban. Curaban los negrillos que había pillado el pulgón y podaban los chopos. Cada uno atendía lo suyo y después de hacer concejo en la plaza, la cuadrilla de vecinos tiraba sendero arriba, a limpiar la maleza que dejaban las cabras y ovejas, para evitar incendios. Porque desde siempre, tierra y hombre estuvieron destinados a entenderse y a vivir uno del otro, en un intercambio permanente de favores. Era cuando el ecosistema funcionaba y no se dirigía desde despachos.

Además de la parte práctica y de su función biológica, los bosques tienen una gran función emocional desde el fondo de los tiempos. En muchas tradiciones se consideró transmisores de sabiduría a los árboles milenarios, guardianes del mundo y escondite perfecto de especies amenazadas que lo habitan. Tejos inmortalizados en leyendas paganas y mitologías. En León no necesitamos que nos cuenten fábulas sobre lugares mágicos. Nos basta con visitar el bosque de castaños milenarios que custodia Las Médulas, en tierras bercianas. O las hayas centenarias casi arañando el cielo del Faedo de Ciñera, con encajes de sol y sombra en el suelo. Los abedules de Murias de Paredes, en la Omaña. O el Hayedo de Busmayor, donde la poesía se da cita cada verano entre viejos troncos y regatos, y el propio lugar es un poema con cuestas de musgo.

De nuevo se nos juntaron poesía, bosque y padre. Los versos admiten haber nacido sobre papel, hijo del árbol. Debería conocerse el origen de cada pliego, como de cualquier otro producto, para saber si es poesía de roble, de haya o de fresno que, hasta convertirse en rescoldo, emiten chasquidos que ahora sabemos que son versos. Decían los mayores que la encina y el roble son el mejor fuego, dan mucho calor y arden lento, aunque ninguno desdeñaba el cedro, el favorito de la abuela porque su olor, con esencias de savia, sólo era comparable a los membrillos que metía en los armarios, las bolsitas de lavanda y las manzanas de otoño extendidas en el corredor perfumando toda la casa. Desgranando la semana descubrimos que el poema, nacido en el papel, es nieto del árbol, ése que hay junto a la casa, en el que habitan nuestros ancestros. Confirmado. Padre, Poesía y Bosque son lo mismo.

 

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