Andaba un servidor con el privilegio de ser los pies de Nuestra Madre de la Divina Gracia la pasada Semana Santa cuando, habiendo dejado atrás la calle Santa Cruz e iniciando el paso por la Plaza Mayor, me llevé una sorpresa que jamás pensé haberme llevado.
En León hay muchas procesiones serias y solemnes. La mayoría lo son. Pero si hay una que destaca últimamente por encima del resto -que me perdonen todas ellas-, esa es la de la Redención. Y en esa, en la que las horquetas marcan el latido del viejo Reino, el público empezó a aplaudir tras una maravillosa interpretación de la Agrupación Musical de Angustias y Soledad.
No seré yo quien se muestre impasible ante esos dulces y agradables sones (a ver quién es el valiente al que no se le escapa una sonrisilla escuchándoles), pero hay ocasiones en las que el silencio es la mejor respuesta. Indudablemente esa era una de ellas. No me hizo falta pedir a los hermanos que se subiesen los capillos: el intercambio de miradas y un pequeño susurro en alguna vara de la parrilla fue suficiente para saber que no fui el único en extrañarse.
El saber estar es importante en todos los ámbitos de la vida, pero en Semana Santa marca la diferencia. Esa es una de las cosas que más me gustan de Sevilla: saben distinguir cuándo sí y cuándo no. Y lo llevan al extremo. Fíjese cómo reciben a San Gonzalo en el Altozano y cómo rezan al Silencio en la calle Francos. Siendo totalmente objetivo, yo, como papón, abogo por el silencio absoluto en todas las procesiones de León, aunque, de manera obvia, entiendo que haya quien difiera. No obstante, hay contados cortejos en los que la emoción debería quedar dentro de uno mismo.
No pretendo sentar cátedra de nada, sólo faltaba. Cada uno que haga lo que le plazca. Aunque, sinceramente, creo que hay determinadas cofradías que en silencio se ven mucho mejor. Por las imágenes, por la indiosincrasia de la cofradía y, a veces, por el acompañamiento musical. Con muy poco se puede hacer mucho.