22/05/2024
 Actualizado a 22/05/2024
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Los domingos por la tarde tienen el extraño poder de la desidia. Remolonea la vida por encima de los tejados como cuervos graznando en ascenso por una chimenea, trepando hasta el cielo para, quién sabe qué, allá arriba.

Mientras, versos desmadejados atraviesan el aire como proyectiles escapados de otras guerras, de otras vidas, de otras mujeres que urden en las tardes de domingo.

Ahí afuera, la primavera, intensa como es ella, va apoderándose de cada brizna en un juego macabro: verdear o morir. Alguien lo habrá dicho ya y con una fórmula tan perfecta que hasta los pájaros habrán contenido el aliento, pero hoy, aquí, la muerte aún no cabe, vendrá, claro, pero no hoy. Así que me arrebujo en mi manta y vuelvo a cerrar los ojos en la certeza de que hoy toca verdear. 
Yo no sé si «…mis antepasados inventaron la Vía Láctea…». Si lo hicieron, casi puedo jurar por ellos que sería como hoy, una tarde de domingo. Pero qué se yo de aquéllos, de su existencia y de sus pensamientos, de sus cuerpos y de cómo se deslizaron por los días de su vida. Qué se yo de las verdades que los animaron a seguir viviendo; si inventaron la Vía Láctea o «…cruzaron el mar sobre una cruz de palo…».

Pero, por eso estoy hoy dónde estoy, por ellos y sin cansarme de recorrer los caminos que transitaron cada día, y de sujetar la bandera que me juraron que era mía, y sin saber qué ocurre con los sitios cuando se abandonan para siempre, como si esa fuera la última trinchera.

Hay una foto familiar, de 1904, en el mueble de la escalera. Padre y madre, abuelos, hermanos y, entre los hijos más pequeños, hay un muchachito serio de unos 14 años. Parece ya un hombrecito, por el atuendo y por el gesto que le diferencia de los otros. De todos vamos sabiendo cosas: que si este era médico, que si aquéllas dos son gemelas, que si el que está justo detrás hizo las Américas (ya no nos acordamos si emprendió la aventura solo o fue con su pareja), o, quizá, es el que se fue a Panamá, porque luego hubo una que anduvo por Cuba… 

Ese hombrecito serio bien podría ser mi hijo porque el parecido es asombroso, pero 120 años, no sé si antes o después.

Al lado de esa foto familiar antigua hay otra, no tan antigua. En vez de en sepia, es en blanco y negro. Es el retrato de un bebé gordezuelo y sonrosado que sujeta una manzana en una mano con patente dificultad. Soy yo. Dentro de no mucho, cuando mi hijo suba por las escaleras con el bebé de alguna de sus hijas en los brazos y se pare delante de los retratos dirá: «Mira, por su parecido, esta podrías ser tú», como yo lo he dicho de aquel hombrecito de 1904, tendiendo, entonces, un puente de más de trescientos años.

En cuanto a la vida, es posible que, poco a poco, se multipliquen las posibilidades en cada uno de nosotros, de ellos, en una eterna secuencia. Es posible que, al no saber los detalles, mitificar sus vidas sea el resultado del capricho por fabularlo todo, o quizá de la voluntad de ocultar, bajo consignas de moralina, cómo amaron, cómo traicionaron, cómo mataron o murieron, o vete tú a saber. 
Y entre Vía Láctea y Vía Láctea, «…vagaron por los caminos como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas…».

Los versos son de Antepasados, de Juan Carlos Mestre

 

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