Mucha coña estos días con el kit de supervivencia que las autoridades comunitarias recomiendan preparar a sus ciudadanos. Desde la pasta ‘alla puttanesca’ que enseña a preparar con su contenido un periódico nacional hasta las sospechas hacia el lobby del señor Roig para incrementar las ventas de enlatados y legumbre en sus tiendas, pasando por la propia comisaria europea del ramo, que enseña a prepararlo en versión de ‘El club de la comedia’. Supongo que hay una pizca de exorcización del miedo, como en todo humor, y un mucho de una incredulidad que, por desgracia, se va disipando a golpe de titular y partidas presupuestarias que saldrán de donde siempre: de lo necesario.
Aparte la guasa, no me preocupa el famoso kit. En caso de enfrentamiento no valdría ni para prisionero, como se ofrecía Woody Allen, y me temo que muchos no tendríamos salvo las sombrías opciones que el azar ofrece a los civiles en guerra. Pero sí creo que lo más alarmante en este momento es el auténtico kit que se ofrece junto a esas prevenciones de supermercado. El lote de verdad se compone de productos imperecederos y muy resistentes a los golpes, la crítica y los fracasos pasados. Una mochila en cuyo compartimento principal, el de la cremallera ideológica, se amontona el inevitable «si vis pacem, para bellum» que lleva avituallando este tipo de fardos desde la prehistoria con el mismo éxito para conservar la paz. Por ahí empezó la lista de la compra, en palabras de Ursula von der Leyen, una dicotomía maniquea y absurda que no falla a esta clase de citas: si quieres calma, toma café.
En el fondillo destinado a la supervivencia se almacena una aceptación resignada de la guerra como única salida a conflictos latentes y en activo conformando a grandes zancadas un fatalismo por desgracia similar al pesimismo «rendido a la evidencia» que se extendió en las antesalas de las guerras mundiales. Se discute ya sobre cómo, dónde o cuándo, mientras los porqués pasan, día a día, a importar menos. En los bolsillos laterales, por descontado, se acarrean militarismo, fuerza bruta, testosterona y armamento de tipo letal, ahora que hemos descubierto que existe el armamento no letal (ese que España vende, por ejemplo, a Israel). Todo esto acaba por quererse usar, que se oxida o caduca.
Más aún, en ese mismo equipaje hay un compartimento oculto con provisión presente en todo kit desde hace ochenta años, aunque apenas se menciona: las bombas nucleares. La opción de protegernos de una o quién sabe si las dos mayores potencias nucleares no parece que pase por los paquetitos de yodo y la navaja suiza. En los cincuenta hubo gente que se construyó búnkeres en el jardín, aunque buena parte de sus vecinos y muchos otros se rieran a gusto de ello más tarde. Está por saber si seguiremos la broma. Esa y la del kit.