Grande es el debate sobre la distribución o no del libro de Luisgé Martín –que no de José Bretón, sino sobre tal asesino vicario–. Mas, si grande el debate, mayor el sospechoso silencio de muchos escritores e intelectuales (¡Ay tiempo de impermeables y polivalentes apolíticos!). Y yo me pregunto: ¿qué llevaría al autor a, conociendo –como parece– al criminal y los crímenes de que trata, no ponerse en contacto con la mujer principal víctima viva de tan monstruosos asesinatos? Qué duda cabe que debe ser respetada la libertad de creación, así como la libertad de expresión y prensa, pero, ¿por qué clase de literatura olvidar –como usual es cada día más en todos los ámbitos– la existencia del otro, de los otros? ¿Por qué no prever éticamente, el daño moral y hasta físico que se puede infringir a ese otro con voluntad o sin ella? ¿Qué pensó el autor para no ficcionar sus personajes? ¿No leyó u oyó hablar de «la banalidad del mal», de Hannah Arendt? No respondo, detesto los juicios de intenciones, mas, qué gratuito –¿o no?– el daño y dolor ya causados a la mujer, madre de los niños, hijos asesinados. Más sentido común –no adjetivaré más– ha tenido la editorial Anagrama. Triste, leo, se revalorizan los pocos libros disponibles. Morbo y ruindad sin límites.
Leo una reseña sobre el último libro (2024) de un autor leído sólo años ha en artículos de una revista literaria. Se edita y anuncia con primer plano de rostro televisivo y conyugal y prologado y epilogado por polifacéticos artistas de varia admiración. Compro y leo el libro. Algunas cosas me suenan, pero, desconfiando de mi memoria, lo leo entero, desde sus soberbios –de primera acepción– y terribles –de ‘enfant terrible’– juicios hasta sus largas e incompletas –(falta el Premio Leteo)– nueve (de 159) páginas de «dramatis personae» y las cuatro de agradecimientos. Y todo para, al final, acabar sabiendo por este periódico que el libro –que no tiene estampitas– recoge colaboraciones del autor entre los años 2000 y 2002 en la extinta revista que atesoro y de la que me sonaban cosas. Bueno, al menos su presentación fue tiempo ahorrado y leído.
Tristezas. Todo se iguala por lo bajo. ¿Imperarán ya en toda humana actividad los mismos usos, abusos y vaciles? Reniego de la imperante razón de «es el mercado, amigo». Ecos del poema Escribir de Ismael Cabezas: «Si has dañado a un inocente, si has tenido / voluntad de herir, si sabías que tus palabras / eran crueles… / escribir…, no te va a salvar…».
Y por hoy ya no hago más amigos. ¡Salud!, y buena semana hagamos.