Últimamente, para entender la política hay que acudir al cine. Ya lo hice la semana pasada con ‘Dr. Strangelove’, y hoy toca otra película reveladora de 2006: ‘Idiocracy’. Una sátira que, en su día parecía ciencia ficción y que, a la vista de lo que nos gobierna, resulta casi un documental. La combinación perfecta entre maniocracia (el gobierno de locos) e idiocracia (el gobierno de idiotas) es el guion que estamos viendo en la escena internacional.
Empecemos por la maniocracia. Al frente de Estados Unidos tenemos a Donald Trump, que gobierna el país con la misma estrategia con la que regentaba sus casinos: ruido, luces de neón y el «gana la casa». Su reciente vídeo, subido por él mismo a sus redes sociales, en el que aparece en su «Gaza ideal» rodeado de mujeres, alcohol, fajos de billetes y una estética digna de un mafioso de Hollywood, es más que demencial. Mientras, su vicepresidente de facto, Elon Musk, se dedica a pontificar desde su púlpito de X, haciendo y deshaciendo a su antojo en el tablero global, como si fuera un monarca absoluto del siglo XXI. ¿Quién necesita diplomacia cuando tienes un multimillonario con un megáfono?
La lógica trumpiana ha conseguido darle la vuelta al tablero y convertir a Ucrania en la responsable de su propia desgracia, mientras en Arabia Saudí, EE UU y Rusia negocian su futuro sin que Kiev tenga ni siquiera una silla en la mesa.
Pasemos a la idiocracia. Aquí no podíamos faltar en España, donde Pedro Sánchez ha encontrado su particular cruzada internacional: que Trump le mencione como enemigo de Estados Unidos. En su búsqueda de protagonismo global, Sánchez ha decidido que su mayor éxito será que el inquilino de la Casa Blanca le dedique un tuit incendiario. Quiere ser el Macron de la izquierda española, pero sin ejército, sin estrategia y con una dependencia absoluta de los socios que le sostienen en Moncloa. Más que gobernar, quiere que le entrevisten en The New York Times como el gran baluarte contra el populismo, aunque en casa gobierne gracias a los mismos mecanismos populistas. Y lo peor de todo es que esos juegos de ego pueden costarle a España mucho más de lo que imagina: su economía, su comercio, su industria e incluso su seguridad nacional podrían verse gravemente perjudicados por la necesidad de Sánchez de aparecer en los titulares internacionales.
El problema de todo esto es que, si seguimos en esta línea, la política acabará siendo (si no lo es ya) una parodia de sí misma, en la que la locura y la incompetencia se reparten el poder a partes iguales. Ya no se gobierna con ideas, sino con trending topics. Ya no se busca el progreso, sino la próxima polémica que alimente el algoritmo. Y al final, como en Idiocracy, puede que terminemos regando los cultivos con refrescos y preguntándonos por qué no crecen.
Quizá sea momento de volver a tomarnos la política en serio. O al menos, de asegurarnos de que la próxima película en la que nos veamos reflejados no sea una comedia absurda, sino algo un poco más digno.