«Hubo un tiempo en que mujeres, ancianos y niños no iban a la guerra, las trincheras no tenían ventanas ni se luchaba en pijama y zapatillas...». Así empecé una columna escrita en el confinamiento, sin más noticia posible que el desconcierto, cuando un rival invisible nos puso en jaque y nos encerró en casa con las siete llaves del miedo. Una batalla en la que aprendimos que a veces, vale el todos contra uno y que batirse en retirada no era rendición, era la forma de salvarse.
Esta semana, con motivo del quinto aniversario del estallido de la pandemia, hemos vuelto a ver a aquel hombre de aspecto tímido y voz cascada que cada día, nos daba las últimas noticias y consejos, posiblemente improvisados, porque nadie conocía al enemigo que se había infiltrado entre nosotros y, mucho menos, cómo vencerlo. Se llama Fernando Simón y se convirtió en un miembro más de cada casa. Su eterna afonía era un elemento a su favor, transmitiendo una calma chicha que no hubiese conseguido con voz potente, delatando nerviosismo mientras hacía recuento de bajas en el campo de batalla y daba estadísticas que golpeaban como mazos. Al verlo, me he dado cuenta de lo selectiva que es la memoria, al comprobar que ese hombre que formó parte de un momento inolvidable, se me había olvidado por completo.
Lo que quedará para siempre en la memoria colectiva es aquel confinamiento que nos mantuvo meses sentados en el rincón del miedo, con el último abrigo que pusimos, aún colgado en el perchero mientras, al otro lado de las puertas y ventanas, la primavera nacía sin nosotros, más libre y dueña de sí misma que nunca. A falta de transeúntes, los matojos brotaban en las grietas de las aceras y las rosas nacían salvajes, enredadas en las rejas, sin podas ni manos guiando la dirección de sus ramas, porque los humanos estaban atados de pies y manos, vigilados incluso en los pueblos. En la capital, no podíamos hablar de otra cosa que no fuera aquel mundo improvisado que limitaba por todas partes con un tabique, el cielo era de escayola y el fin del mundo, situado en la terraza, también hacía de acantilado sobre un mar de silencio, que a eso de las ocho rompían aplausos emocionados, hoy vistos como la excusa para peinarnos. Y vimos emigrar a los aviones en plena primavera, para alegría de golondrinas y vencejos, que nunca entendieron qué hacía aquella especie volando por sus cielos. Cómo inquietaban las calles abarrotadas de nadie y aquel silencio tan callado que pesaba como plomo. Qué profundo era todo visto desde arriba y qué triste ver los caminos alejándose sin nosotros. Merecen mención los chistes de perros convertidos en salvoconductos, agotados de «sacar a pasear» a todos los miembros de la casa, sin darle tregua. Qué remota parece aquella experiencia en la que el calendario y el reloj perdieron la noción del tiempo, el ábaco contaba al revés, sumando los días que restaban para salir de casa y restando los acumulados en zapatillas y pijama. El pasado más reciente se convirtió en lejano, como si no fuera nuestro. La palabra urgente desapareció del vocabulario, aprendimos lo que era la masa madre, los hornos humeaban y las cocinas olían a pan recién hecho porque no existía la prisa. El futuro sólo duraba mañana y como única preocupación: que nadie de tu familia tosiera.
Fue mucho el cansancio de aquel naufragio sobre la tabla de un invierno, cuando fuera navegaba mayo, con algo invisible tapiando los umbrales, el frío posado en las repisas y los últimos besos en el bolsillo del abrigo, junto a una moneda de euro. Incluso para los que tuvimos la suerte de no sufrir ninguna pérdida familiar, será inolvidable aquel tiempo con la vida avanzando sobre un filo, mecidos por la rutina que nos fue inmunizando hasta que aquellas estadísticas se convirtieron en sonido conocido, como la gotera del desván que molesta al principio, pero te vas acostumbrando a ella. Y seiscientos ya dolían como trescientos, porque también se rompieron las unidades de medida. Solo existían los dos metros que nos separaban de un abrazo o de otros labios.
Resultó triste el cambio de agenda de aquel año con cien hojas en blanco, oliendo a sombra, a portal de hogar deshabitado, sin signos de vida porque nunca anotamos que estamos en casa. Emociona comprobar el tesón del almanaque que marcó día por día con sus lunas, como si fueran distintos. Días negros en blanco, vividos a saltos, estrenando las calles de nuevo con una salida progresiva y escalada de casa, temerosos, mirándonos de reojo, con saludos fríos, vadeando la vida con miedo a nosotros mismos.
Y sobre todo, jamás olvidaremos a esas personas con las sienes plateadas, de las que tanto se habla estos días. Los que siguieron un camino que les nació entre las manos, como única salida. Se fueron sin revuelo de alas, sin una mano en su mano y sin saberse qué beso necesitaron. Sólo los acompañó el silencio y, quizás, las rosas de aquel mayo que no conocimos. Desde entonces, hace mucho frío en todas las primaveras del mundo.