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Mentira cochina

16/07/2023
 Actualizado a 16/07/2023
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Cuando éramos críos, si tocaba discutir frente a un adulto sobre la responsabilidad de una travesura el argumento socorrido de los más maliciosos era culpar al otro y, cuando éste se revolvía, afirmar con aplomo: «mentira cochina». Con esa táctica parecía que ambos mentían o ambos decían la verdad y no había manera.
En los debates políticos del pasado, como en las discusiones civilizadas y adultas, los interlocutores esquivaban con mil perífrasis acusar al oponente de mentir; no solo era una chiquillada como argumento sino una imperdonable descortesía. Falta usted a la verdad, está equivocado, mal informado, sus datos no son correctos, etc. Un sinfín de rodeos venía a sugerir que, en efecto, el adversario mentía, pero sin llegar a decirlo, sin que la afirmación cuajara como el agravio que es. Con tal compostura la discusión podía prosperar. Que, como sucedió en el debate del lunes, se pueda decir ahora –¡tantas veces!– sin que nadie se levante de la mesa o se indigne de forma que la conversación no prosiga es un signo de los tiempos. Quizás el signo de los tiempos.

Para evitar los castigos, aquellas mentiras infantiles apuntalaban la versión de los hechos con la aportación indiscriminada de noticias falsas acerca del comportamiento del otro, de lo sucedido, sus antecedentes o sus consecuencias. Ha empezado él, hizo esto y lo otro, prometió y no cumplió, no supo perder... Todas esas frases se escucharon, con variantes lógicas, en el debate entre los candidatos. Ese también es un signo de los tiempos: la verdad se retuerce hasta hacerla irreconocible. O mejor, hasta que sea reconocida por el oyente afín como parte de lo que espera de la realidad. Su versión se convierte en hechos, lo que espera le es servido a la carta. El signo de los tiempos, al fin, es una progresiva infantilización que convierte a los ciudadanos en partidarios enojados y a sus políticos en criaturas que sortean ese enfado echando en cara al otro cualquier invención.

En ese barrizal gana siempre el que más engaña, el más impasible, el que menos explicaciones da. Gana Feijóo, publicista de ese esperpento llamado ‘sanchismo’ que no es sino una sucesión de embustes cuyo antídoto ofrece pero no explica. Sánchez perdió el debate. Disimulaba su estupor con gestos de confusión y sonrisas entremezcladas que no podían evitar la sensación de hallarse fuera de lugar, en territorio desconocido. Porque Feijóo lo llevó a ese lugar, tan alejado de lo que se espera de un político: se instaló en la falsedad, aunque, eso sí, avalada por supuestos datos y una impávida ajenidad, como si no fuera candidato. Lo llaman el galope de Gish (Gish gallop, búsquenlo en Wikipedia, interesa al caso) pero el nombre en castellano es más explícito: ametralladora de falacias. Fue una pena: no oímos nada sobre el país en que vivimos y qué proponen para él. Solo está por ver si los españoles eligen a un político desbordado por las mentiras o a un candidato al cargo que miente sin rubor.
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