Cierta mañana hablaban dos ancianos, mujer y marido, de la precariedad que padecían y la merma de facultades para sobrevivir. Ni sus hijos, ni nadie los asistía. Tras la conversación el marido, en silencio, cogió una pala y comenzó a excavar en el corral. Sacó las aceitosas garrafas del hoyo, las limpió y a continuación las dejó en la cocina sobre el fogón. La mujer lo entendió y, como si nada, preparó la comida de siempre. Al cabo de unos días, encontraron sus cuerpos abrazados. La vida que les quedaba no era para ser vivida por eso, prefirieron descansar juntos por siempre en un remoto cementerio del Páramo.
Animado por la relectura del libro de Torbado ‘Tierra Mal Bautizada’ me he propuesto recorrer los despejados caminos de Tierra de Campos. Buscar pueblos, arroyos, palomares, iglesias y retablos. Pero sobre todo, modos de vida, de pensar y de existencia. Es una vasta extensión que rebasa los límites provinciales aunque, teniendo tanto en común, con el territorio de León hay bastantes singularidades en cuanto a la calidad de la tierra y el uso de criados para cultivarla en la parte que ocuparía Valladolid.
Partiendo de Sahagún, me dirigí a Grajal de Campos para ver los vestigios del abolengo que tuviera esta villa en el pasado: su compacto castillo, el palacio, la plaza Mayor de nobles fachadas y la torre de la iglesia de extraño perfil.
Visto lo cual, me trasladé a la cercana localidad de Escobar de Campos, con su torre y retablo a un hilo del derrumbe. En medio de la estepa y los trigales, abandono, soledad y recuerdo. Apenas 30 vecinos y un alcalde que se desdobla, en su afán por mantener el pueblo. Parece imposible que un sitio tan pequeño pueda reducirse aún más. Hace 2.000 años Hispania y esta estepa, eran «el granero de Roma» y lo podría ser porque se sigue cultivando lo mismo, aunque con más medios.
La aplacible vida en Escobar no siempre fue así porque, en una primavera como la que se aproxima, el 1 de Mayo, se desencadenó la desgracia y el desconcierto por el ‘síndrome tóxico’ que se cobraba las primeras víctimas mortales. Fue durante el mandato de Adolfo Suárez y su ministro Sancho Rof, que dijo lo del «bichito que se mata si cae de la mesa». No se les da nada bien a los políticos atajar este tipo de catástrofes, pero afortunadamente, los médicos e investigadores españoles no tardaron en descubrir la causa del envenenamiento masivo; aunque el daño fue tan virulento que se llevaría a 5.000 muertos y 20.000 con severas lesiones.
Son meras estadísticas, pero perder unos vecinos, amigos, compañeros, familiares... siempre es más sensible en una comunidad tan reducida. Aquel día no por casualidad, me encontraba en Escobar y pude apreciar el desconsuelo que campaba por las calles, que no he podido olvidar.
Para las pasadas penurias y las que han de venir (pandemia, catástrofes naturales, guerras, enfermedad, hambre) será mejor que nos pille confesados y mejor bautizados que la tierra de Jesús Torbado.