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La narrativa infinita

24/07/2024
 Actualizado a 24/07/2024
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La narrativa no es sólo un conjunto de historias, no es algo que se estudie en clase y allí quede como en un compartimento estanco. La narrativa se cuela por los poros de nuestro día a día, empezando por lo que nos contamos a nosotros mismos sobre quienes somos y hacia dónde vamos. 

Historiar lo que es, pero también lo que pudo haber sido y las razones por las que seguimos braceando a pesar de los reveses, es tanto terapia como esa inspiración que muchos buscan alrededor, sin darse cuenta de que su propio universo es infinito, aunque sólo sea porque abarca todas esas vidas que se dejaron al margen tras elegir otra opción. 

La narrativa está indisolublemente ligada al escaparate social. Desde que se empezaron a usar las redes este aspecto es aún más relevante. Hay niveles de protección de la vida privada, claro está, pero quien más quien menos, otorga importancia a la imagen que ofrece. Hoy en día podemos ver galerías de fotos abiertas que muestran el devenir de la vida de los otros, algo que hace años solo sucedía si la confianza llegaba al punto de mostrar a un amigo aquellos álbumes analógicos que se guardaban entre libros o en cajones bajo llave. 

La construcción del personaje ha tomado relevancia. Eso que tanto trabajamos los guionistas y los directores de cine, es la tónica de los personajes públicos (y no tan públicos) que mueven masas e influencian a grandes cantidades de personas a través de los medios. Han pulido cada aparición, se han deshecho de los elementos que rompen la linealidad estética o de carácter, para mostrar sólo su mejor versión o, al menos, una versión uniforme de sí mismos. Un punto a reflexionar es si nuestra sociedad fomenta que esa construcción vital sea epidérmica y meramente externa, o si impulsa a que sea el resultado de manejarse de acuerdo a quien somos y en qué creemos. 

Decía Saint-Exupéry en ‘El Principito’ que lo esencial es invisible a los ojos, pero qué difícil es atisbar a través de la ‘persona’ de los demás. Usamos la apariencia como escondite de inseguridades y juzgamos lo que vemos sin habernos limpiado los ojos de prejuicios. La dialéctica entre narrativas falsas sólo puede dar lugar a relaciones igualmente falsas. 

La política es, como ya saben, el gran escenario de las narrativas. Quien conoce sus mecanismos, reconoce las palancas prácticas del storytelling y las desenmascara como a través de una lupa. Asistimos a la quiebra de la tesis de la racionalidad comunicativa como condición de la política pública en la que Majone (1997) subrayaba el principio del deber universal por encima de la intersubjetividad. Estamos contemplando como el debate entre figuras políticas de primer nivel ha descendido a la bronca vulgar y a una narrativa de serie b que pretende ser épica o mesiánica. Se apela a la emoción y se ofrecen narrativas colectivas cuajadas de símbolos y mensajes que pretenden llamar a la acción y conectar con una sociedad sedienta de algo en que creer, de un propósito y una identidad o, peor aún, de un culpable al que apuntar como responsable de la desesperanza. En la arena pública o en la vida privada, entender la porosidad entre narrativa y vida es distinto a creer que es pertinente (y ético) construir personajes con el único fin de convencer a los demás de algo. Engañar es fácil durante un tiempo, engañarse es una ardua tarea. 

Una sociedad educada en la cultura y en el humanismo será siempre más difícil de manipular y más proclive a detectar las falsas narrativas. Lo cierto es que los guionistas invertimos media vida en construir personajes genuinos y la otra media alucinando con todos los que danzan por el mundo.

 

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