05/04/2025
 Actualizado a 05/04/2025
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Siete días quedan para que la Virgen del Mercado salga a la calle e inaugure nuestra Semana Santa y la actividad en el seno de las Cofradías y de la Junta Mayor se multiplica de manera tan frenética como silenciosa.

Ni siquiera los papones de a pie –lo sé porque no he sido otra cosa hasta hace bien poco– son conscientes del ingente trabajo que supone la organización de los actos de esta Semana de Pasión. Desde hace ya tiempo se preparan las revistas que cada Cofradía pone en la calle, se multiplican los más diversos pregones, y por todos, se trabaja especialmente en la organización del oficial, que pronunciará esta noche Marta Franco López. Se presenta nuestra Semana Santa fuera de nuestra tierra, se congregan reuniones de pasos y grupos de montaje y adorno floral, se ultiman reparaciones de imágenes, se ponen a punto enseres, se encarga la impresión de recordatorios, se trabaja con el Ayuntamiento en la resolución de innumerables necesidades.

El sacrificio que miles de papones llevarán a cabo durante la Semana Santa no es menor que el de los encargados de organizar esta espectacular puesta en escena de la última semana en la vida de Jesús de Nazaret.

Pero no olvidemos que cuando de sacrificios habló Jesús lo hizo con cierto recelo. Dirigiéndose a los fariseos citó al profeta Oseas con aquello de «misericordia quiero y no sacrificios». Y de misericordia, precisamente, no andamos sobrados. Los habituales pirómanos de las redes sociales, siempre escondidos en el más cobarde anonimato, también han iniciado su peculiar temporada de pasión despellejando al prójimo como auténticos navajeros disfrazados de guardianes de las esencias. Sería una mera anécdota que podría abordarse por la simple vía de no hacerles el menor caso si no fuera porque son la punta de iceberg de un problema más serio: nuestra dificultad para remar juntos en la misma dirección, para ver con misericordia los errores o simplemente el esfuerzo ajeno.

No tendremos una Semana Santa digna siquiera de tal nombre hasta que no exhibamos, además de un conjunto de espectaculares actos de piedad popular, el ejemplo de respeto y solidaridad mutua que debe acompañar a todo aquello que se quiera llamar cristiano.

 

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