Veo las manifestaciones de Turquía en protesta por la detención del alcalde de Estambul y principal opositor de Erdogan, Ekrem Imamoglu, y me imagino allí, marchando junto a los comunistas y en contra de la corrupción del gobierno. Acaso suene la música de Zeki Müren entre los cánticos frente a los malencarados policías de un régimen agonizante. La sensación de participar en un momento histórico, sabedor de que nuestra presencia o ausencia poco importa, pero orgulloso de poder contarlo a los demás en el futuro.
La épica de la revolución es un picor primigenio que los seres humanos eliminamos o tenemos que saciar, sin saber muy bien cómo ni por qué. Se diría que hay un instante en el desarrollo de la persona en el que resulta imprescindible sentir que tu voz sirve para algo más que para decir tonterías. Y entonces nos apuntamos a huelgas y a manifestaciones en horario escolar que pasan por delante del Legio VII y vemos aparecer a los antidisturbios de la zona (dicen que ‘trabajados’ en las protestas mineras y, por tanto, temibles) y alguien dice o hace algo y de pronto acabamos corriendo hacia no se sabe bien dónde y sentimos el corazón latiendo en el pecho y sabemos que estamos vivos.
«Solidaridad: 0,7 ya». Era el canto de entonces por el que se pedía a los gobiernos que destinasen el 0,7 % de sus presupuestos para las ONGs y la ayuda al desarrollo de los países más abandonados. Hoy ese simple cántico encontraría muchísimos más escollos de entonces, más levantadas de dedo, más justificaciones que por qué los de aquí no, más escepticismo en lo referente al reparto de la ayuda, más historias para no dormir sobre corruptelas y desvíos de las bienintencionadas donaciones.
Hoy, en cambio, somos activistas de ‘scroll’ y de sofá. Participamos en protestas que sólo requieren de facilitar nuestro email y demostrar que no somos robots. Tal vez discutimos un poco frente a algún vino o alguna cerveza, pero luego coincidimos en que el mundo es como es y no vale la pena perderse en peleas con la gente que queremos (o que creemos que queremos). Es como esa adrenalina destinada originalmente a correr delante de osos o de tigres con dientes de sable que ahora se nos dispara cuando nuestro cliente nos dice que no nos puede pagar o nuestro jefe vuelve a mezclar la medicación; esa misma adrenalina que, si no se quema, cristaliza en nuestros nervios y los mancilla con lacerantes cortes. De igual manera, seguimos necesitando un poco de acción, de sentirnos parte de la solución y no del problema.