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Pasarela sobre el río

23/03/2025
 Actualizado a 23/03/2025
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Cada año, al poco de empezar el verano, Tío Víctor bajaba hasta el río y empezaba a mover piedras gigantes para hacer una pasarela. El Esla bajaba poco profundo en ese tramo y se podía establecer un paso, a modo de las llamadas ‘zamburguesas’ de ‘Humor amarillo’, entre las dos orillas.

Aquello era una paliza, no sólo porque las piedras pesaban un quintal, sino porque había que asentarlas para que no bailaran, y situarlas de tal forma que la superficie más plana fuese la que estuviese en contacto con el pie. Recuerdo mirarle levantando a pulso aquellos peñascos que las crecidas invernales y primaverales desordenaban de un año para otro, por lo que cada estío había que volver a repetir la operación.

Cuando terminaba, había una forma rápida de vadear el cauce, desde el pedregal bajo la casa de mis abuelos hasta el camping. Una forma comodísima de evitar el rodeo hasta el puente que mi tío levantaba porque sí, sin que nadie se lo pidiese ni agradeciese.

A veces, cuando cruzabas sobre las piedras, había alguna mojada que resbalaba y te ibas al agua, con la consiguiente zapatilla empapada, chof chof, y bronca materna. Tampoco había que pasar demasiado deprisa, pues siempre te encontrabas alguna inestable que te podía llevar, de nuevo, al agua. En una ocasión, estaba yo saltando de roca en roca cuando vi que bajo la última, resguardada, había una culebra de agua. Seguramente la misma que vi un día mientras yo estaba con el flotador y me adelantó nadando por la izquierda, la cabeza asomada en vertical, lo que provocó tremendo susto y desestabilización en el líquido elemento.

Tío Víctor ya no está aquí para preguntarle cuál era el motivo para enfrentarse cada año a la semititánica tarea. Con el tiempo, la gente se acostumbró a que existiese la pasarela, y preguntaban extrañados qué había pasado con ella los veranos en que se demoraba un poco la construcción.

Miro las imágenes de la fuerza del agua en estos días de precipitaciones intensas y pasa por mi cabeza la silueta recortada de aquel hombre moviendo aquellos cantos gigantescos. Un Sísifo pontonero que estoy seguro se sentía orgulloso de su obra. Como en esa escena de ‘Margin Call’ en la que el personaje de Stanley Tucci le cuenta al de Paul Bettany que antes era ingeniero y que construyó un puente que contribuyó a ahorrar unos cuantos minutos de trayecto entre dos puntos de la ciudad, lo que anualmente se traducía en varios días de vida para hacer otras cosas. A veces la gente quiere dar un poco de rodeo, concedían ambos, pero eso no es lo que piensas cuando te propones franquear un río.

 

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