La segunda temporada de La chica de nieve pone a dos policías por un lado y a dos periodistas por otro a investigar el asesinato de una estudiante y la desaparición de otra en Málaga, todo ello en el entorno de un colegio de marcados valores ultracatólicos. Tras interrogar por separado a familiares y sospechosos e indagar en el turbio pasado de Los Arcos (así se llama el centro), llega un momento de la serie en el que cuesta diferenciar la labor policial de la periodística hasta tal punto que recibí un WhatsApp que decía: «¿Javi, de verdad los periodistas hacéis esto en el día a día?».
Lo que fue una pregunta de fácil respuesta me llevó a reflexionar sobre el periodismo, lo que es y no es y lo que debería ser, tal y como yo lo concibo. Parto de que existe una gran confusión en la sociedad a la hora de definirlo. Porque no, no todo lo que se vende como periodismo lo es. Allá donde usted no detecte honestidad, rigor o espíritu crítico, no lo dude: eso no es periodismo. Es importante subrayarlo porque se define muy a la ligera como ‘mal periodismo’ aquello que ni siquiera lo es. No todo el que coge un micrófono, redacta bonito o se abre un pódcast está practicándolo. Eso sí, por supuesto que también existe ese ‘mal periodismo’. Soy contundente al asegurar que, con las honrosas excepciones que se deben valorar como supervivientes con entereza al tsunami que lo arrasa todo, esta profesión cada día está más prostituida.
Cuando apenas era un crío con necesidad de comunicar que soñaba con dedicarse a esto ya era consciente de la existencia de una herida. Y ahora, que la palpo con mis propios dedos, aún me parece más profunda. La credibilidad que tenemos los periodistas cada vez es menor y parte de la culpa -que no toda- es nuestra. Y me parece paradójico, porque creo que en estos tiempos de extrema polarización social el periodismo es más necesario que nunca.
Algunos veteranos del lugar, ya resignados a vivir en un mundillo corrompido, admiran la vitalidad que dicen que ven en mí para luchar contra ese ‘mal periodismo’. Me llaman ingenuo, y seguramente lo sea. Pero, pobre de mí, me sale rebelarme ante prácticas como el sensacionalismo extremo, fusilar reportajes o robar exclusivas sin citar, y aquí es cuando añado la ética y el respeto al trabajo ajeno a los indispensables que enumeré antes. Digamos que sí tengo energía para llevar a cabo mi propia cruzada contra los artífices de la devaluación de esta profesión pero no sé hasta qué punto ese espíritu combativo responde a la creencia en que se pueda cambiar algo. Como en el colegio Los Arcos, no he perdido el rezo, pero dudo si mantengo la fe. En realidad, no sé si la tuve alguna vez.