marfte-redondo-2.jpg

El síndrome de Blancanieves

15/03/2025
 Actualizado a 15/03/2025
Guardar

Dania dormía recostada sobre sus dos manitas, envenenada por una gran cantidad de calamidades que la fueron alejando de la placidez en la que debe recrearse una niña, mientras su hermana la leía un cuento: fue un desarrollo lento, como el de una crisálida, pero en proceso inverso: primero decidió permanecer tumbada, demasiadas horas inactivas para una pequeña de siete años, quizá esperando congelar el único retazo de paisaje que consideraba seguro. Esa inactividad la provocó pérdida de apetito hasta que el sueño se apoderó de su cuerpo y quizá también de su alma. Y pasó a ignorar sus días sumida en un estado de catalepsia durante muchos meses en los que fue alimentada por medios artificiales y estimulada por su familia que pese a dudar de un feliz desenlace, no se dejó vencer por el desánimo colmándola de masajes, caricias y palabras amables que en algún lugar de su mente eran recibidas. Una pediatra sueca, país donde se produjo el infortunio, visitaba a la pequeña sometiéndola a estímulos tales como colocar bolsas de hielo para forzar alguna reacción fuera de esa abulia catatónica mientras no cesaba de aconsejar: solo los cuidados cariñosos de los suyos conseguirán despertarla del letargo traumático. 

La historia es narrada de modo impecable en el documental ‘Life overtakes me’, disponible en la plataforma Neftlix, que narra este fenómeno que afecta de manera singular a hijos de refugiados procedentes sobre todo de antiguas repúblicas yugoslavas, soviéticas, y Siria. Solo en Suecia, donde parece que se ha cebado de una manera especial, ya se han detectados más de cuatrocientos casos.

Les llaman «los niños apáticos» o víctimas del «síndrome de resignación», aunque en mi modesta opinión, no resulta un término afortunado, porque no es la resignación, sino la desesperación que rebasa, lo que empuja a un niño a claudicar de vivir tras morder la manzana podrida por la parte de las guerras, abusos, persecuciones, pobreza, deportaciones. Más acertado parece el nombre de «síndrome de Blancanieves» al que han acudido por ese estado de sopor en el que quedan sumidos los niños afectados. 

Afectados hemos quedado también esta semana por el lamentable asesinato de esa educadora social cuya vocación le llevó a hacerse cargo de tres menores desquiciados que acabaron con su vida. Ella no despertará, pero esperemos que al menos su muerte sea un revulsivo para agitar los despachos y dotar de más recursos y medios a este complejo mundo en el que se encuentran enmarañados nuestros profesionales y los menores que están a su cuidado. 

Por cierto, la pequeña Blancanieves ucraniana, protagonista de nuestro cuento, logró expulsar la manzana tóxica.

Lo más leído