30/03/2025
 Actualizado a 30/03/2025
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En el trascurso del tiempo y sus circunstancias se hace todo más complejo, sea el propio ser humano, su obra artística, científica, industrial, tecnológica, etc. Centremos la atención en el capitalismo, un sistema económico y social basado en la propiedad privada de los medios de producción y en la libertad de mercado teniendo el capital como herramienta.

La esencia del régimen capitalista está en comprar trabajo, sin trabajar, para revenderlo, con la aspiración de lucrarse en la reventa. Quien trabaja por cuenta ajena vende el producto de su esfuerzo sin ser partícipe del éxito o del fracaso. Y quien compra el esfuerzo hace de él la misma estimación que cualquier mercancía, procurando apropiársela a bajo precio y expenderla cara.

En el caso de una fábrica cualquiera, el capitalista compra una acción de mil euros. ¿Qué aportó, pues, a la empresa? Mil euros. Ni uno más ni uno menos. Con el tiempo la fábrica llega a ganar un millón, y luego diez millones y luego cien. ¿Quién obró el milagro? El triunfo es del Consejo de Administración, de la gerencia, de los técnicos, de los trabajadores, en suma, de los que trabajaron. ¿Qué razón de justicia hay para que el capitalista vea multiplicados sus dividendos y acabe vendiendo la acción de mil euros a veinticinco mil?

Hay una objeción clásica a esto. Es legítimo que el capitalista llegue a ganar mucho pues se arriesga a perder lo que ha invertido, mientras que el trabajador ha tenido siempre seguro su sueldo. Pero ello es un sofisma, porque el trabajador corre más y mayores riesgos que el capitalista. Se arriesga a que le rebajen el sueldo, a que no le paguen o lo hagan con demora, a que le despidan o a sufrir un accidente que le hiera o le mate y para lo cual no es, naturalmente, compensación proporcionada la indemnización que legalmente le corresponde. Si el capitalista corre la suerte de perder lo que puso, el trabajador está condenado a perder lo suyo inexorablemente. Cuando le llega la hora de morir al accionista de mil euros, le puede haber ocurrido una de estas cosas: que haya recobrado los mil euros con ganancia; que los haya recobrado sin ganancia alguna; que los haya perdido parcialmente; que los haya perdido totalmente. De las cuatro eventualidades, solo una es de ruina completa.

En cambio, el bracero trabajador, al morir, no puede dejar cuatro brazos en vez de dos, ni transmitir a sus hijos los dos brazos que constituyen todo su capital, ni siquiera uno de ellos. Al hundirse en la tumba, se va con los dos brazos, todo su capital. Para él no existen las tres primeras hipótesis. Está condenado a la última. ¿Y aún se cree justo sustraerle parte del valor de su trabajo para engrosar las ganancias del capital, en contemplación a los riesgos de éste?

Tras lo dicho, ¿quiere esto decir que sea desdeñable el capital? De ningún modo. Mientras no venga otra civilización sino la que conocemos, el capital será indispensable. Lo que es de justicia es que el capital debe quedar reducido a sus límites justos, consiguiendo un rédito equitativo, pero no absorbiendo la plusvalía íntegra de los productos. ¿El capitalismo ha sido igual siempre? No. Se ha ido acomodando –a regañadientes– a la exigencia de los tiempos y ya no piensa en absurdas intransigencias absolutistas, sino en seguir dúctilmente una política de menos perder. Acepta hoy lo que le sublevaba ayer. Mañana tragará lo que hoy le repugna, pero quedará inmanente lo que constituye su tejido noble; el ánimo emprendedor, el espíritu de empresa.

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