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El turismo no es un gran invento 4 / Hoy: la hostelería

21/07/2024
 Actualizado a 21/07/2024
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La hostelería es la gran industria del país. Quién lo iba a decir cuando en siglos pasados la precariedad y el mal servicio de posadas y ventas españolas eran objeto de dichos y chacotas por parte de propios y extraños, hasta llegar a convertirse en lugar común de relatos y diarios de los viajeros. Cuánto hemos cambiado. Ahora ofrecemos un catálogo completísimo de las variedades imaginables, desde el dignísimo heredero de tales bibliografías hasta el restaurante michelínico de improbable reserva, finísima idiosincrasia, alambicada carta y legendario sablazo.

La hostelería condiciona y acondiciona nuestra vida más que actividades con mejor crédito. Ennoblece nuestras calles con prolijas terrazas en que ejercer prácticas del oficio de camarero; promueve el espíritu olímpico disciplina parkour ya en angostas ya en amplias aceras; ameniza nuestras noches con las sabias conversaciones y efusiones, siempre a generoso volumen audible, de sus locuaces parroquianos; justifica propuestas culturales y festivas de pingües presupuestos; enorgullecen sus productos y el trato con que se dispensan, sean cuales fueran; calma la sed y el hambre, al fin, a cambio de inmódicas cantidades.

De entre ese entrechocar de vasos y burbujear de cafeteras que desarrollan nuestras finanzas y someten a su albedrío toda operación urbana, social y cultural, destacaremos dos ejemplares castizos: el teleclub y el restaurante de carretera.

Teleclub, en su literalidad, podría denominarse así cualquier establecimiento de bebidas a causa de la existencia de televisión encendida, atendida o entendida por nadie. Excepto el teleclub propiamente dicho, donde no suele haber o resiste aún un Telefunken decorativo. Sito en el corazón de la España vacía, ‘el tele’ suele estar lleno. Porque, dotado de esa sapiencia rural tan alabada, reduce su horario a los momentos en que puede estarlo: después de acto litúrgico, al que complementa laicamente, o en verano, al que complementa totalmente. Sin teleclub, el pueblo está falto y el (teleclub) vecino se come su ocio y su demografía; con él, el pueblo renace. De ahí que autoridades vecinales, municipales y autonómicas ofrezcan ventajas absurdas a los tenedores del tele que no siempre logran reciprocidad. Los habitantes y foráneos se quejarán invariablemente de ambas posibilidades: si hay porque hay, si no hay porque no hay. El tele es ágora y estoa de estos y otros sofismas verano tras verano. Alabado sea.

Por su parte, en los restaurantes de carretera ya no mantean escuderos, aunque prodigan odres de chismes recordatorios de viajes que no siempre se hicieron (ver capítulo de productos y suvenires). Su acostumbrada profusión de tortillas de patata y embutido se ve sobrepasada en ocasiones por menús chocantes que intentan fidelizar, ese verbo.

- Me pone un café con leche, por favor.
- Tenemos de oferta este lenguado a la meunière con una maceta de Talavera de regalo.
- Son las diez de la mañana, me vale el café.
- Margaritas, les estamos dando margaritas.

 

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