A nuestra generación le ha tocado vivir en un mundo cambiante. Han sido cambios totales y a gran velocidad. En los años cincuenta y sesenta la mayoría de los españoles vivíamos en pueblos, nuestros padres solían ser agricultores, ganaderos o mineros. La escuela del pueblo era simple y austera, apenas unos pupitres, una pizarra y un brasero. Los maestros, la mayoría maestras, solían hacer magia para que aquellas dos docenas de alumnos, de niveles muy diferentes, entre los 5 y los 15 años, lograsen aprender a leer y a escribir, y lo más elemental de matemáticas y cultura general. Una pizarra con su pizarrín para escribir en ella, una pluma que se mojaba en el tintero incrustado en el pupitre, un cuaderno y una enciclopedia. A los 11 años, la mayoría tuvimos que salir del pueblo para estudiar en un colegio interno, casi siempre de tipo religioso. Las largas vacaciones de cuatro meses, de junio a octubre, las teníamos completamente ocupadas en las tareas del campo, ayudando a nuestros padres. Al terminar los estudios de la Universidad, todos teníamos que pasar casi dos años en el servicio militar. En ese momento nuestra máxima aspiración era aprobar una oposición para conseguir un trabajo seguro, ya fuera en la administración, en el ejército, en la policía, en la enseñanza...
No existían ni los bolígrafos. Las nuevas generaciones del siglo 21 no pueden entender que en los pueblos no había más que un locutorio con un teléfono y un taxi. En los 70 empezó a haber televisiones. Por supuesto, no teníamos ni teléfonos móviles ni ordenadores. Da la impresión de que hablamos de algo remoto, casi arcaico. Parece increíble que haya podido haber tantos cambios en una sola generación.
Mi pregunta es si en la generación de los que nazcan en este momento habrá tantos cambios como hemos tenido nosotros. Las previsiones para la próxima generación son un misterio, casi un enigma. Mucho me temo que estamos pisando el acelerador con fuerza y nuestros hijos van a vivir en un mundo que se parecerá muy poco al nuestro.
Mi preocupación es cómo «la educación» deberá adaptarse para cumplir las expectativas y conseguir las habilidades necesarias para el futuro. Los vaticinios son que el siglo XXI va a requerir nuevas competencias y habilidades de los jóvenes y de los nuevos profesionales. Me impresiona esta previsión: «el 65 % de nuestros actuales universitarios tendrá trabajos que no existen hoy». Es evidente que los estudiantes deberían preparase para esta realidad porque el futuro del trabajo buscará jóvenes que tengan habilidades transversales y capacidad de adaptación. Estas serán las claves para el éxito. Expertos en educación y recursos humanos coinciden en la importancia de preparar a los futuros profesionales para afrontar los retos del mercado laboral del siglo XXI. Hasta ahora en las entrevistas de trabajo lo que contaban eran nuestras habilidades técnicas o nuestras habilidades duras, las ‘Hard Skills’, que vienen a ser los conocimientos adquiridos a lo largo de nuestra formación tanto académica, como laboral. Sin embargo, se ha producido una «revolución» en la selección de personal, puesto que una persona, que posee muchos conocimientos, no siempre es capaz de desarrollarlos en equipo o no consigue comunicarlos para la toma de decisiones en un proyecto. Por esta razón «las habilidades duras o ‘hard skills’ conseguirán entrevistas, pero serán las habilidades blandas o ‘soft skills’ las que conseguirán un trabajo». El futuro del mundo laboral será buscar jóvenes que cuenten con estas habilidades blandas. Con este panorama los profesores debemos de ser conscientes de que el cambio del paradigma educativo es radical. La educación deberá ser lo suficiente abierta para adaptarse a esta situación cambiante. Considero oportuno el viejo proverbio chino: «Tus hijos han nacido en otra época, no los límites a lo que tú aprendiste». Parece claro que el profesor deberá olvidarse de las clases magistrales y pasar a ser una especie de guía y dinamizador y su relación con los alumnos debe ser directa y cercana. Los profesores deben escuchar a sus alumnos y guiarlos por el camino más adecuado para cada uno, ayudándolos a identificar sus intereses personales que los involucran en su propia educación y desarrollo. Por su parte, los alumnos deben ser flexibles y estar siempre «preparados y listos para aprender».
La profesora Esther González Arnedo (EAE Business School) siempre recomienda tanto a profesores como a alumnos: «La importancia del aprendizaje continuo y que las personas sean flexibles. Nuestros hijos adolescentes trabajarán en un futuro en profesiones que aún no existen». ¿Habrá suficiente empleo para todos? ella opina que «trabajo habrá, pero hay que estar siempre preparado, ser flexible y dispuesto a aprender cosas nuevas».
No lo olvidemos, las ‘soft skills’ se presentan como decisivas a la hora de obtener un empleo y serán la clave para que nuestros hijos y nietos consigan más del 50 % de los nuevos trabajos que ni siquiera existen en la actualidad.