Una, dos y tres… para el Rastro es. Ese tipo coloca sus mercaderías (últimamente, sacos de patatas) y vende lo que puede hasta que llega el alguacil cobrando los puestos; entonces se levanta y, a riesgo de descapitalizar las arcas del consistorio, se va sin pagar, hasta la próxima. Aquel otro arrastra a puro ‘güevo’ un remolque, el mismo con el que lo vemos atropar metralla a diario, con brazos como morrillos que resaltan en su camiseta sin mangas. Detrás de cada puesto, una historia. Ellos se buscan la vida, limpian casas o desvanes, el rescate lo vuelcan en la calle.
Un micro-cosmos singular. Y todo un mundo para/laboral que existe cada siete días, justo en la jornada en la que se nos decreta descanso. Familias y economías pendientes del capricho del clima, toldos para el sol, toldos para la lluvia. Muchos, nada saben de ordenanzas, tasas, licencias. Ellos conocen (y se apañan con) el calendario de mercadillos, su código interno de funcionamiento, el precio hasta el que pueden aguantar el regateo y las técnicas heredadas de venta callejera. Ese voceo, esos reclamos de atención son ocurrentes, geniales: Aprovechad chicas, ay qué ‘plendas’, más barato que Primak, que no podemos regalar las bolsas primo, hay que cobrar diez céntimos, que cualquier día nos detienen (póngase aquí el adecuado acento caló).
Hace un par de semanas, el gremio quizá más genuino, el de la chatarra, la quincalla y las antigüedades, se declaró en huelga en protesta por lo que estiman tasas abusivas. «Esto es ocio para la gente, los domingos no tienen dónde ir; y así el rastro se acaba, acaban con él» (mismo tono, poli-tono rastro). También reclamaban que les exigen un seguro pero a ellos nadie les garantiza seguridad en las entradas a la calle, en los tiempos de carga y descarga. Y que no se les considera su labor de reciclaje. Ay amigo, reconozcámoslo, en esto al menos tienen alguna razón. Veamos.
El dato es que en nuestro país más de novecientas mil toneladas al año, sólo de ropa usada, acaban en vertederos; un serio problema de contaminación y sostenibilidad. El consumo compulsivo y el exceso de compras de ropa barata de usar y tirar es lo que tiene. Pronto no habrá manera de gestionar esos residuos. Algunos comerciantes del rastro, no todos, facilitan una segunda oportunidad a ropa, calzado, herramientas, juguetes, cuadros, pequeños muebles u objetos de lo más diverso. Ahí, en esos cometidos de recuperar, reciclar, reutilizar… ahí sí que podemos conceder algún premio, el que sea, a pequeña escala, ahora que tanto nos llenamos la boca con lo del medio ambiente o la economía sostenible, lo que se quiera, pero algún mérito tendrá esa labor. Además de que (defensa de uno que apenas lo frecuenta) muchos leoneses encuentren en ese garbeo matinal por Papalaguinda el mejor pasatiempo de los domingos o la ocasión calva de algún precioso hallazgo.
Ah, casi lo olvido. Por allí andan trampeando siempre los Ultramarinos, insólita tropa atenta a un exclusivo producto, a pescar en libro revuelto. Dichosos, pero ¡cuánto brujulean!