Falta un mes para la semana santa. Los alumnos están nerviosos porque en estas fechas se organizan los viajes extraescolares. Escribo sobre este tema que me apasiona y del que puedo presumir de conocer bien. En los 47 años de mi vida en las aulas he organizado miles de viajes y actividades extraescolares. Sí, no exagero, ‘miles’. He llevado alumnos por todo el mundo. He esquiado con ellos en el Pirineo y, por supuesto, en San Isidro. Hemos paseado por muchas ciudades de España. Pero, sobre todo, organicé más de 30 viajes a Italia, normalmente con dos autobuses, y otros tantos a Cataluña con dos o tres autobuses.
Cuando miro ahora hacia atrás me parece imposible que esto sea cierto. Cómo he podido estar tan loco de ser el responsable de 100 muchachos esquiando en Baqueira o San Isidro, o haciendo locuras en Port Aventura y bañándose en la playa, o simplemente paseando en el vaporetto por Venecia o cruzando las calles de Roma. Doy las gracias a tantos profesores que me acompañaron en esta aventura, tantos chóferes que fueron prudentes y no tuvimos ni un solo accidente. Doy gracias a mi ángel de la guarda al que tanto trabajo le di durante tantos miles de kilómetros que recorrí con tantos miles de alumnos. Lo hice siempre sin miedo y puedo asegurar que los alumnos me compensaron con creces todas mis preocupaciones con su cariño y agradecimiento. Ahora me encuentro con ellos por León y ya no recuerdo sus nombres, pero ellos me saludan y, rara vez me hablan del instituto, siempre me recuerdan sus 4 días en Salou como la primera vez que durmieron solos, sin sus padres, o su viaje a Italia como el mejor de su vida.
Nicolas Sarkozy escribía a los profesores franceses una carta para empezar el curso 2007 con la que estoy muy de acuerdo: «Los niños no deben permanecer encerrados en su clase. Desde pequeños deben ir al teatro, a los museos, a las bibliotecas, a los laboratorios, a los talleres. Desde muy pronto deben ser confrontados a las bellezas de la naturaleza e iniciados en sus misterios. En los bosques, en los campos, en las montañas o en las playas es donde las lecciones de física, de geología, de biología, de geografía, de historia, así como la poesía tendrán más alcance, más significado».
La experiencia me ha enseñado que los alumnos tienen que salir de sus aulas para no caer en la monotonía del pupitre. Además de estudiar historia o química, los alumnos deben desarrollar los vínculos afectivos del grupo, adquirir hábitos que les ayuden a ser independientes lejos de su hogar y fomentar el valor del compañerismo, apoyo y la convivencia con sus semejantes. Estoy convencido de que involucrarse en viajes o actividades extraescolares es vital para su desarrollo integral, porque aprenden habilidades más allá del ámbito académico. Estas actividades mejoran el bienestar social, emocional y físico, fomentando el trabajo en equipo, el liderazgo y la gestión del tiempo. Además, proporcionan vías para el autodescubrimiento, la exploración de pasiones y una educación integral que se extiende más allá de los límites del aula. Esa era mi idea y mi filosofía sobre estas actividades y siempre tratábamos de favorecer cualquier iniciativa del profesorado en ese sentido: teatros, conciertos, museos, esquí, competiciones deportivas, olimpiadas, expos, concursos, intercambios, etc. Pero, además, a nivel de centro todos los alumnos tenían la posibilidad de participar en un viaje especial y apropiado para cada curso: Los de primer ciclo de ESO no pernoctaban, pero salían un día a Coruña, Cabárceno, etc. En los últimos años siempre decidieron ir a Madrid, a la Warner o al Parque de Atracciones. El segundo ciclo de la ESO ya podía elegir un viaje de tres o cuatro días lo que supone pernoctar en algún caso por primera vez fuera de casa sin sus padres. En los últimos quince años siempre decidieron Cataluña. Los de primero de bachillerato podían disfrutar de un viaje de fin de curso de ocho días donde quisieran, pero siempre quisieron Italia. Segundo de bachillerato estaban muy presionados por la selectividad y sólo después de esta prueba solían ir por su cuenta donde quisieran y como quisieran. Últimamente, ese viaje al terminar el último examen de la PAU se ha hecho ‘viral’.
Los alumnos conocían perfectamente esa planificación y también sabían muy bien las condiciones que debían cumplir para poder participar. Ningún alumno medianamente inteligente se jugaba un viaje a Italia por cometer una tontería. Puedo asegurar que esta condición era la mayor motivación para la mejora del comportamiento de los alumnos.
Posiblemente estoy equivocado, pero ahora, a mis años y jubilado, creo que todo ha cambiado demasiado. Antes sentíamos el apoyo de los padres y la sensación de alegría de los niños. Pienso que eran más obedientes y sumisos. No sé. Estoy orgulloso y feliz de mis experiencias, pero todavía hoy me tiemblan las piernas cuando repaso los peligros en los que estuve durante tantos años y llevando por el mundo a tantos alumnos.