Dicen que el mundo se ha movido por ciclos. Desde su creación. Y hasta en las cosas más pequeñas. Vivimos, y aún ahora, la huida del campo a las ciudades, cuando cualquier familia que se preciara se hacía con una vivienda en la capital para que sus hijos pudieran estudiar una carrera, además de unos mejores servicios, amén de un abandono de las labores agroganaderas, por muy variopintas razones, llegando a esto que ahora se hace evidente de la España vaciada.
Pero resulta que, según se ha publicitado hace unos días, el movimiento inmobiliario en los pueblos ha crecido (y sigue creciendo), tanto como para prácticamente igualar el número de operaciones de compraventa con las que se producen en los núcleos urbanos. Lo mismo terminamos recolonizando el campo.
Sociológicamente tendemos a la formación de la ‘tribu’, al agrupamiento para mejor defensa y optimización de recursos, pero siempre nos queda eso de volver a la naturaleza, de la que, queramos o no, formamos parte desde el principio de los tiempos.
Y es que un trocito de tierra (jardín) a nuestro alrededor es un fin que, profesionalmente, siempre sale en la entrevista con un cliente, aunque sea pequeñito. Y sino, véase la proliferación de ‘adosados’, siempre con su trocito de jardín. Y que no falte porque, lo llevamos dentro. Y si además, ese trocito es grande, pues aún mejor.
Pero es que, además, con los avances de estos tiempos, se han eliminado muchas de las cortapisas que te hacían menos apetecible «echarse al monte».
Han mejorado las comunicaciones tanto por carretera como por ferrocarril, y, cosas de la tecnología y la modernidad, ahora se puede trabajar en casa, y si esa casa está en el medio del campo, pues mejor que mejor, aunque eso de la conexión ande aún, y en muchos casos, a la pata coja.
También tiene otras ventajas, sobre todo económicas, pues la vida es bastante más barata (aunque tengas menos donde elegir) y, un par de asuntos muy sabrosos: el impuesto de bienes inmuebles, ese cuyo acrónimo es IBI, es bastante más bajo, además de que, evidentemente, no pagas impuesto de circulación, que no es paja.
Todo estupendo, y no me extraña que se produzcan esos cambios de residencia, cambios que, además, mitigan lo de la España vaciada, aunque sólo sea en parte.
Pues bienvenido sea.
Pero no todo es gloria, porque, precisamente por ese vaciado, los pueblos sufren carencias que, en muchos casos, generan problemas.
Antes, en cualquier núcleo que se preciara, y por pequeño que fuera, estaban las ‘fuerzas vivas’, esas que, además de representar la ley y el orden de la comunidad, aglutinaban servicios básicos. El alcalde, el cura, el médico y el boticario, además de ser los que mandaban, estaban presentes y perennes para ti a cualquier hora, del día o de la noche.
Hoy eso ya no es así. Alcalde, bueno, sí, en general, pero ni hay cura, ni hay médico ni hay boticario. Ni ná de ná. Bueno, o muy poco.
¿Qué esto, bueno, quizás, puede ser, no es tan definitivo para cambiar de residencia al campo? Pues depende, porque si eres joven y no vives tú sólo, cualquier percance de salud o seguridad se puede resolver. Pero si no es así, la cosa cambia. Y vaya si cambia.
No hace mucho, tuve una experiencia cercana. Un familiar que vivía solo en un pueblo, una noche de pronto, y en un tiempo de minutos, empezó a perder la visión de un ojo, incluso la perdió por completo. No había médico, desde luego, así que llamó al centro de salud correspondiente, que le recetó, telefónicamente, un medicamento. Pero tampoco había farmacia, era de noche y como evidentemente no podía conducir ni localizar a nadie para acercarse a la más cercana, se lo comunicó telefónicamente al centro. La respuesta que recibió de la persona que le contestó en el Centro médico, y simplificando mucho el proceso del contacto fue, exactamente «tómese una tila, y acuéstese, y, mañana por la mañana, váyase a que la vean, pero no venga a este centro, sino directamente al Hospital». Bien, ¿verdad?
El resultado fue que, quince días después, un camión de mudanzas se llevó sus cosas a un piso en la capital, y con sus cosas, ella misma.
Y es que no sólo es oro todo lo que reluce, ni todo el monte es orégano.
Así que, estupendo volver al campo, pero como no se mejoren los servicios de ayuda, no parece que la cosa vaya a tener mucho futuro.
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